Javier Astasio
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‘Fuera de la ley’, por Javier Astasio

 
 
¿Nunca os habéis preguntado por qué los palcos de los estadios están tan llenos de políticos y empresarios los días de partido? Yo, a pesar de lo retórico de la pregunta, sí. Y no he tardado en contestarme que en el fútbol, y no sólo, sobre el césped se hacen trampas, muchas trampas.
Por ejemplo y sin ir más lejos ¿a nadie le extrañó la facilidad con que se hizo la operación que conllevó la recalificación de la Ciudad Deportiva del Real Madrid ni el silencio cómplice de la oposición socialista ni la falta de interés de la mayor parte de la prensa en levantar la tapa de ese cubo de basura? Pues hubo una cosa y otra: silencio y falta de interés y yo tengo constancia, por ejemplo, de cómo quienes desde el PSOE criticaron el chanchullo se quedaron sin voz en la cadena de radio para la que entonces trabajaba, con la curiosidad añadida de que quien entonces tomaba decisiones en ella acabó encargándose de la comunicación del "ser superior".
Es sólo un ejemplo. De todos es sabido que colegios, fábricas, cárceles y cuarteles, construidos casi siempre en las afueras de las ciudades, acaban engullidos por ellas y convertidos en apetitosos bocados para la insaciable codicia de los especuladores. Por eso, quien tiene un club de fútbol, habitualmente cargado de deudas y con cuentas habitualmente oscuras, tiene un  tesoro que en un momento dado puede dar lugar a importantes negocios inmobiliarios, siempre que se cuente con la complicidad de las autoridades competentes.
De eso sabemos en Madrid y Valencia, pero tal cosa no es lo único que apesta en el mundo del fútbol en España. Porque, qué decir de todos esos traspasos y fichajes escandalosamente caros y opacos, especialmente en España. Para mí que sirven para escamotear beneficios y para lavar dinero negro de vete tú a saber que negocios, además de que estoy seguro de que quienes pierden siempre en tan aparatosos fichajes son siempre los ciudadanos a través del patrimonio común que son los impuestos.
Acaba de ocurrir con el último gran fichaje del Barça, el del brasileño Neymar, cuyo contrato acaba de ser reclamado por el fiscal.
Seguro que también os preguntabais por qué se permite a los clubes de fútbol acumular deudas que multiplican por cien y por mil las que llevarían a ciudadanos de a pie, los normales y corrientes, a la cárcel o a multas millonarias. Pues nada, por más que la historia aparece de vez en cuando en los titulares de la prensa, a nadie parece interesarle liquidar esa deuda, tampoco en momentos tan graves como éste. Pues bien, ha tenido que ser la Comisión Europea, otra vez Europa, quien meta en estas cuentas las narices que, tan acostumbradas a la fetidez, no quieren meter las instituciones españolas.
Alguien me hizo ver hace tiempo que la Constitución y las leyes no rigen dentro de los estadios, que algunas agresiones que serían "de cárcel" en la calle, no se castigan sobre la hierba o que, en las gradas se consienten insultos y actitudes impensables fuera del estadio. Y tenía razón quien lo hizo, porque a la puerta de la mayoría de los estadios españoles debería figurar un remedo del que dicen que hay a las puertas del infierno, un lema que podría ser convertirse en algo así como "abandonad toda esperanza de justicia, porque este territorio queda fuera de la ley". Y si os queda alguna duda, recordad quien preside la Federación Española de Fútbol y sus modos y maneras.
 
 
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Javier Astasio
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Tito y Merkel, por Javier Astasio

Tranquilos, porque no voy a comparar a la canciller alemana con el dictador yugoslavo. Tampoco con el  historiador romano, ojalá tuviese la perspectiva que da el tiempo que sí tuvo Tito Livio y que a la señora Merkel parece faltarle. Lo que pretendo, después de asistir al estrepitoso fracaso del Barça en Múnich, es dejar claro que, tanto Tito Vilanova como doña Angela, se empeñan en mantener a sangre y fuego estrategias que fueron exitosas y que hace tiempo dejaron de serlo.
Hace tiempo que escuche a Antonio Gutiérrez, refiriéndose a Marcelino Camacho, una frase que hice mía desde entonces y que es aplicable a personajes como el rey Juan Carlos o mi, hasta hace no tanto, admirado Felipe González. La frase en cuestión es así de rotunda: "No se puede pretender tener razón por haberla tenido".
Tan simple como eso. La efervescencia de los primeros años de Angela Merkel en la cancillería, tras los mandatos de Gerhard Schröder, años de desahogo que siguieron al duro  ajuste de su antecesor socialdemócrata, su firmeza en Bruselas y el liderazgo, por primera vez no compartido de Alemania en la Unión Europea. Aquello funcionó. La industria alemana bullía gracias a que Europa compraba sus productos, la banca alemana también se expandía y, como sus beneficios eran más de los que el negocio interno podía absorber, comenzó a prestar dinero alemán a otros países. Todo, para que en ellos se pudiesen consumir los productos alemanes. Un tiqui taca que parecía perfecto y que, durante un tiempo, no hizo a todos felices.
En el Barça, el proyecto Guardiola, que coincidió con la eclosión de la cantera de la Masía, también nos hizo felices a casi todos. Hasta que algo comenzó a chirriar en el Nou Camp. Guardiola, que  perfeccionó la máquina de jugar al fútbol de Cruyff, comenzó a errar en los fichajes y se perdieron tiempo y dinero, mientras el resto de equipos españoles aprendían a plantarle cara al campeón. Guardiola se fue, quizá porque atisbaba el cambio de ciclo, y el equipo quedó en manos del que fuera su segundo, Tito Vilanova. Mucho susto al principio para los culés, pero la brillantez de Messi salvó los muebles, al tiempo que el equipo se esforzaba en jugar de la manera que mejor le iba al argentino. Y ahí empezaron los problemas, el Barça, teniendo como tiene magníficos jugadores, se acostumbró a vivir de las patatas fritas de Messi y dio de lado otros posibles alimentos, tan nutritivos y quizá más imaginativos.
Una cosa y otra nos han llevado hasta la noche de ayer, con un Messi todavía lesionado sobre el campo, ocupando el sitio de un jugador en condiciones, y, por si fuera poco, con el jugador idóneo para romper la defensa contraria, Villa, sentado en el banquillo hasta que nada tuvo ya remedio.
Como resultado, la derrota más sangrante que ha sufrido el Barça en los últimos años, una derrota que pesará en las botas de los jugadores. Y un mito que cae, porque está claro que, si Vilanova no pudo o no quiso ver que el esquema de salida no funcionaba o si no tuvo los arrestos suficientes para sentar a un Messi que no se atrevió a correr, debería plantearse si debe seguir al frente del equipo.
En resumen, al Barça le vendría bien otro entrenador, libre de fantasmas y prejuicios, del mismo modo que a Alemania, y a  Europa entera, le vendría de perlas tener lo más lejos posible del poder a una mujer tan testaruda  e insensible como Angela Merkel.
 
 
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