Javier Astasio
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Se abre la pasarela, por Javier Astasio

No va a ser la Mercedes Fashion Week, aunque sí va a ser mucho más interesante, porque partidos, sindicatos y organizaciones empresariales van a "pasear" sus vergüenzas por la calle Prim de Madrid, para responder ante la Audiencia Nacional de su imputación por haber cometido presuntamente con sus tarjetas opacas los delitos de administración desleal y/o apropiación indebida. Son setenta y ocho personas, algunas de ellas, verdaderos personajes que hicieron uso y abuso de una tarjeta de crédito de la que nadie ha sabido explicar ni el por qué ni el para qué se entregaba a quienes tuvieron voz, pero sobre todo voto, en los órganos de decisión de Caja Madrid, primero, y en Bankia, después.

Ha sido una muy reciente sentencia del Supremo, en la que se condena por apropiación indebida a un matrimonio que cargó a la tarjeta de su empresa cientos de miles de euros en gastos personales, entre los que no faltaba un sistema de aire acondicionado para su vivienda, ha sido el pistoletazo de salida que ha permitido al juez Andreu la imputación de todos los usuarios, salvo tres que, sabiendo que el uso de la tarjeta era ilícito, no sacaron ni un céntimo con ellas. 

Hay quien dice que el asunto de las tarjetas es el chocolate del loro comparado con el saqueo a que se sometió a Caja Madrid. Y se equivocan, porque, para hundir una de las cajas más solventes, como era Caja Madrid, era necesario el concurso de quienes, pese a estar allí para controlar el buen uso de lo que era de todos, como vieron, oyeron y callaron todo lo que allí se hacía, algunos, con el agravante de haber sido copartícipes de las más nefastas decisiones.

Dicho de otro modo esas tarjetas eran un soborno, algo así como el recibo de compra del silencio y los votos que permitieron a Blesa, primero, y a Rato, después, beneficiara  sus amigos especuladores y constructores o dilatar el pago, cuando no perdonar, las deudas de los dos grandes partidos, a costa de los ahorros y los hogares de accionistas y clientes. 

Lo más curioso del asunto es la mala conciencia que del uso de la tarjeta tenían sus titulares, porque la mayor parte de las compras y pagos que con ellas se hacían daban toda la impresión de hacerse porque ese dinero sucio quemaba en los bolsillos. Pocos o ninguno de los imputados hicieron con ellas los gastos que, los de a pie, hacemos con las nuestras. Hicieron, por lo general, todos esos gastos de hortera y nuevo rico que comienza a vivir por encima de sus posibilidades.

Especialmente sangrante es el caso de un conocido sindicalista que, después de haberse gastado una "millonada" en comidas, viajes y trajes lujosos, se ve ahora sin trabajo y sin ese dinero que se evaporó en sus manos y que, probablemente, tendrá que devolver. Una situación, la de este pobre diablo, al que no nombro por haberlo sabido por la confidencia de un amigo común, que podría mover a la lástima, pero que, en resumidas cuentas, no será, si acaba siéndolo, el justo castigo a quien, saltando por encima de principios y deberes, jugó a ser quién no era y se dejó seducir por los encantos de quien sabe mucho de las miserias humanas y de lo servil y miserable que puede llegar a ser un ambicioso.

A mediados del mes que ya se acerca, cuando llegue el Carnaval, los citados por el juez comenzaran a desfilar por la pasarela de Prim desnudos y despojados del disfraz de decencia del que durante tanto tiempo han presumido ante nosotros.

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