Javier Astasio
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Monarquía y 15-M, por Javier Astasio

Nunca como ayer fui tan consciente del valor de los votos. Nunca en esta democracia, unas elecciones, menores, quizá, como tradicionalmente han sido consideradas las europeas, han convulsionado este país hasta ponerlo patas arriba. Para quien tuviese alguna duda, el ...

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Mayorías, por Javier Astasio

 
 
Andan ahora loe medios de comunicación -y con ellos los partidos- enredados en sondeos acá y allá, sobre esto y lo otro, con la intención de medir la profundidad de la herida que está dejando la crisis en el electorado español, algo que resulta casi tan absurdo como pedir una analítica para un cadáver.
Basta con asomarse a las calles y plazas, con abrir las orejas a algo más que telediarios elaborados al dictado para darse cuenta de que a los partidos, especialmente a los dos mayoritarios, la gente de la calle, la de verdad, los quiere más bien poco.
Siempre he escuchado, y así lo creo, que la mayoría social de este país es de centro-izquierda, en el que, sin embargo, también es cierto que, cada cierto tiempo, la derecha gana con demasiada facilidad.
Qué ocurre entonces. Por qué, entonces, una mayoría de centro-izquierda, progresista, acaba estando bajo gobiernos, no ya de derechas, sino muy conservadores y, para algunas cosas, ultraconservadores.
Creo que la respuesta está en la pobreza de las alternativas que se ofrecen ante las urnas a los votantes de izquierda.
Dicho de otro modo, esa indiscutible mayoría de centro izquierda, al final, acaba teniendo apenas tres opciones ante las elecciones: PSOE, IU y abstención. Si sumamos estos tres factores, obtendremos un retrato de esa mayoría, incluso corrigiendo el dato de  la abstención que, sin duda, al que habrá  que descontar una parte aunque mínima de abstención llamémosla pasiva. En otros países esa alternativa la ofrecen los verdes y sus coaliciones, por la izquierda, o los liberales por el centro derecha, pero en España hemos perdido demasiado tiempo cultivando el voto útil que en último extremo ha acabado haciendo coraza en el bipartidismo que, querámoslo o no, está en el origen de nuestros males.
La soberbia del Gobierno y la pasividad resignada de la oposición socialista, sólo tienen sentido si se  graban en piedra los resultados arrojados por la foto fija, que otra cosa no es, de las elecciones. Pero hay que tomar conciencia de que este país en crisis, no sólo económica, está cambiando y mucho. No hay más que hacer las cuentas de las movilizaciones de la semana que concluyó ayer para comprobar que hay una mar de fondo en la que se expresa el descontento y la frustración de más de dos años de deterioro generalizado, fundamentalmente económico y social, pero causado por otro más grave que es el deterioro de la misma democracia.
Ahora que afloran y se perdonan menos los casos de corrupción, escuchamos que quienes fomentan esa carcoma, las grandes empresas que contratan con la administración, pagan a cualquier partido que gobierne, lo que explicaría que su propósito no sería favorecer a uno frente a otro, sino conseguir que todos acaben dependiendo de sus "donaciones". Ese ha sido el peor de los males, la hipertrofia de los partidos que, al final, los pone en manos de los de siempre.
Por eso es necesario que toda esa fuerza que ha salido a las calles se articule en un partido, una coalición, algo, para reconstruir esa mayoría de centro-izquierda que este país tiene y devolverle el poder y, desde él, rehacer el traje constitucional para que nunca, nunca, vuelvan a repetirse los atropellos ni los vacíos de poder frente a Europa que  tanto daño nos han hecho.
 
 
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