Sykes, Picot, Rajoy y Pablo Iglesias, por @CarlosPenedoC

Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.
Se cumple un siglo del reparto entre Francia y Reino Unido de Oriente Próximo, afirmación que se deriva de la firma en mayo de 1916 de un acuerdo entre dos diplomáticos llamados Sykes y Picot, los dos con grandes bigotes.
Se adjudica al documento, secreto, filtrado por Lenin un año después a la prensa rusa y británica, el diseño de las fronteras de la zona, aunque se trate de un proceso más amplio en el contexto de la descomposición a cañonazos del Imperio otomano en la Primera Guerra Mundial.
El marco del acuerdo incluye promesas a árabes y judíos de crear una estructura política soberana y habrá que esperar algunos pocos años para que vayan surgiendo las fronteras conocidas de Palestina, Líbano, Siria, Irak, Jordania; por supuesto, fronteras todas coloniales y arbitrarias.
El gran reparto sí está ahí, el detalle tendrá que esperar al final de la guerra en 1918, incluso a la formación de la Turquía moderna que altera las previsiones por el norte.
Además del centenario, la actualidad del acuerdo Sykes-Picot se explica por la expansión en la zona del autodenominado Estado Islámico (Dáesh en acrónimo árabe), responsable parcial de haber borrado algunas de esas fronteras que, dicho sea también, nunca hubiera sido posible sin la desintegración previa del Estado iraquí por la conocida invasión norteamericana de 2003 en compañía de algún otro en la coalición de apoyo.
Luchando contra la imagen de Peter O'Toole y Omar Sharif que tanto confunde sobre la historia real, aparcando que Napoleón conquistó Egipto en 1798 o que Francia desembarcó tropas en las costas que acabarían siendo libanesas ya en 1860, no hay duda de que el acuerdo de 1916 es un referente reconocido del colonialismo occidental en Oriente Próximo y como tal es utilizado por el Estado Islámico: "este acuerdo se convirtió en un símbolo de la fragmentación impuesta a los musulmanes", dicen que ha escrito el Estado Islámico en un comunicado coincidente con el centenario, aparecido en una de las publicaciones oficiales que dicen que tiene.
"Los combatientes tumbaron las fronteras sobre el terreno después de destruirlas en los corazones y las mentes", prosigue el Dáesh, y aquí llega el nuevo Califato, "el anuncio fundamental, poniendo fin a todas las formas de la desunión y la división entre los musulmanes, ya sea creada por las fronteras artificiales, fabricada por gobernantes ilegítimos o inventada por facciones y organizaciones".
Tenemos pues la habilidad conocida del Dáesh para utilizar la historia, si bien con unos objetivos geográficos claramente exagerados dada la extensión del mundo islámico y sobre todo por la potencia de fuego de sus numerosos enemigos.
Es cierto en cualquier caso que la desestabilización de Oriente Próximo sí ha encendido algunas alarmas sobre la hipotética destrucción de las artificiales fronteras de 1916 y su posible sustitución por otras aún más artificiales.
Ante el fracaso de los árabes para gobernarse a sí mismos, especialmente los que han vivido experiencias socialistas, se nos quiere transmitir, al margen del colonialismo y las intervenciones militares foráneas, hay que decir sin embargo que las fronteras de Oriente Próximo han sido más estables en los últimos 100 años que las de Europa, pensando en las alemanias, la desintegracióin de la URSS, la partición de Checoslovaquia o la implosión de Yugoslavia, sin contar con retoques fronterizos tras las dos grandes guerras europeo-mundiales.
Aprendices de brujo siempre aparecen sugiriendo divisiones estatales por comunidades culturales, algo que solo existe al parecer en el Reino de Bután. En el planeta hay cerca de 200 estados y unos 6.000 idiomas, lo que refleja que esto de identificar Estado con una única nación es la madre de todas las ficciones, utilizando una de las formas del árabe para expresar el superlativo.
Siguiendo algunos de muchos cables que lanza José Álvarez Junco en todo lo que escribe, habría que aclarar que nación sería "un conjunto de seres humanos entre los que domina la conciencia de poseer ciertos rasgos culturales comunes y que se halla asentado desde hace tiempo en un determinado territorio, sobre el que cree poseer derechos y desea establecer una estructura política autónoma".
Por su parte, "el Estado es el conjunto de instituciones públicas que administran un territorio determinado, dotadas de los medios coactivos necesarios para requerir la obediencia de los habitantes a las normas por ellos establecidas y para extraer los recursos necesarios para la realización de sus tareas".
"La pretensión de asimilar, sin más, estados a naciones es insostenible", añade Álvarez Junco, siempre con matices que no caben aquí.
En todo nacionalismo hay un componente de voluntad política de un grupo y también una parte importante de construcción cultural, incluso fechable en el tiempo, invención de ancestros, mitos y símbolos donde se incluyen banderas, himnos y hasta idiomas; el turco, catalán, euskera, hebreo que conocemos son un resultado de laboratorio.
Parte realidad cultural y política y parte inventada, aunque estos tiempos no parecen propicios a la creación de estas cosas, se fabricaron casi todas en el siglo XIX, y los nacionalismos más exitosos se formaron en una época de cierta expansión (económica, colonial), con la ayuda inestimable de algunas guerras mundiales que siempre cohesionan al grupo.
Cabe concluir que el nacionalismo goza de buena salud, a pesar de anclarse en una homogeneidad de sociedades que no existe en la realidad, que no parece muy útil en la globalización, aunque no tenemos aún reemplazo. También mantiene el tipo la afición a dibujar y redibujar mapas, siempre con gente dentro que la escala utilizada no permite percibir.
Y con todo lo anterior llegamos a la campaña electoral de las elecciones generales hispanas de junio de 2016, con Podemos declarándose patriota para indignación más o menos sincera de quienes creen tener registrada la etiqueta.
Una primera interpretación es que el nacionalismo español aparece siempre en cualquier campaña electoral, esto es una constante y por tanto no es novedad. Rajoy envuelve con la bandera su infalible fórmula de austeridad + corrupción, Pedro Sánchez puso la bandera de fondo de mitin para indignación de militares en la reserva y Pablo Iglesias se suma al carro para limpiar sus antecedentes venezolanos y griegos (difícil tarea, más del 40% de los conservadores de EEUU creen hoy que Obama es musulmán y ni enseñando la partida de nacimiento ha convencido totalmente de que es norteamericano).
Las variantes tradicionales son el nacionalismo étnico, con un pueblo elegido detrás, una categoría algo desprestigiada por los nazis, y un nacionalismo cívico (patriotismo constitucional se hablaba en tiempos de ZP) más ligado a valores democráticos, derechos y libertades de una ciudadanía diversa en sentimientos, con alguna dosis de redistribución de los recursos.
Dice un vídeo electoral del PP: "La formación de gobiernos extremistas pone en riesgo la unidad de España. Han propiciado la división de los españoles y el ataque a nuestros símbolos constitucionales".
Dice Rafael Simancas (PSOE): "Para una persona de izquierdas, la patria está en la caja única de la Seguridad Social, que recauda cotizaciones sociales de grandes asalariados en Barcelona y paga pensiones en Parla. La patria está en la agencia tributaria que cobra impuestos a millonarios en Bilbao y paga subsidios de supervivencia en Jerez".
Dice Julio Rodríguez (Podemos): "La derecha nos ha robado la palabra patriotismo. Cuando estás cerca de la gente y la defiendes, o aspiras a hacer políticas para el bien común y no para servir a determinados intereses, hablamos de un acto de patriotismo".
Firmo al pie de los dos últimos: la patria la forman impuestos compartidos y personas como ingredientes principales, el resto es aderezo.

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