Swap de Naturóticas: el intercambio de ropa se puede hacer con estilo, por @ITortajada

Celebrando el Swap (foto de Visual Clips)

Nada más triste que un mercado de intercambio donde los participantes extienden sus pertenencias sobre una mesa de camping o en un trapo en el suelo en un totum revolutum donde las prendas de ropa se codean con una cazuela abollada o una colección de cromos del mundial 78. Los peatones interesados se acercan pero no pueden llevarse nada, lógicamente, porque no han traído nada para intercambiar y los que podrían hacerlo están parapetados detrás su propia paradita, lo cual no facilita la interacción. Y es que en algunas de estas iniciativas hay más buena voluntad que buena organización. Para no hablar de la imagen feísta y lastimera a la que parecen indefectiblemente ligadas. El objetivo de estos mercados es sumarse en busca de una economía más ética, pero cuando la ética nos hace perder la estética algo falla.

En las antípodas de este planteamiento se encuentran las swap parties, fiestas de intercambio de ropa con espíritu chic y divertido como el Swap al cual tuve el placer de asistir el pasado sábado. Se trataba del primer intercambio de ropa organizado por Naturóticas, las cuatro autoras del blog del mismo nombre dedicado a la difusión de la moda sostenible con glamour o slow fashion. El decálogo de la convocatoria ya era toda una declaración de intenciones resumida en la frase “no te pedimos basura, sino tesoros”. Si todas las participantes entendían el espíritu del evento, las expectativas de volver a casa con alguna pieza interesante casi seguro se verían cumplidas.

El intercambio de ropa se celebró en la tienda de arte, diseño y artesanía Mar de Cava. De buen grado hubiera cambiado las 10 prendas de ropa que traía (el número máximo permitido) y 10 más por alguno de los preciosos objetos de la tienda pero no era el caso. En el sótano del local se entregaban las prendas a intercambiar a las estilistas que hacían una selección estricta dejando de lado las poco limpias o demasiado viejas. A cambio, recibíamos un ticket con la cifra de piezas que nos podíamos llevar (tantas como habíamos traído) así como el número para el sorteo de una bandeja ilustrada, gentileza de Mar de Cava.

De nuevo arriba, las cerca de 40 participantes (sólo mujeres en esta primera ocasión) observábamos expectantes como iban subiendo las burras cargadas de vestidos, camisetas, chaquetas, pero también sombreros, bisutería y zapatos de segunda mano. Piezas de la temporada pasada o de hace 15 años, de Mango y H&M, pero también firmadas por Vialis, Miguel Gil o Thomas Burberry. De este modo podíamos ir descubriendo e incluso probando algunas prendas pero con el suplicio de no poderlas hacer nuestras y con la duda de si, cuando empezara definitivamente el intercambio de ropa, alguien más se lanzaría a conquistar el tesoro que habíamos hallado. Lo mejor era pasar el rato degustando el sabroso aperitivo y el buen vino que nos habían preparado las Naturóticas.

El intercambio se desarrolló sosegadamente a pesar que éramos cerca de 40 mujeres desnudándose y probándose roba, no sólo en los probadores, sino en rincones improvisados y mirándose en espejos ondulados. Por mi parte, fui fiel a las costumbres que practico también en las tiendas: probarme todo lo que encuentro veinte veces, estar indecisa hasta el final, preguntar si me queda bien (aproveché bien la presencia de las estilistas) y no marchar del todo convencida. Sin embargo, salir con ocho prendas de ropa bajo el brazo que han costado siete euros (el precio de la entrada) después de haber pasado un rato divertido y haber conocido gente agradable no deja lugar a dudas: repetiré. ¿Y vosotras, vendríais?

Nada más triste que un mercado de intercambio donde los participantes extienden sus pertenencias sobre una mesa de camping o en un trapo en el suelo en un totum revolutum donde las prendas de ropa se codean con una cazuela abollada o una colección de cromos del mundial 78. Los peatones interesados se acercan pero no pueden llevarse nada, lógicamente, porque no han traído nada para intercambiar y los que podrían hacerlo están parapetados detrás su propia paradita, lo cual no facilita la interacción. Y es que en algunas de estas iniciativas hay más buena voluntad que buena organización. Para no hablar de la imagen feísta y lastimera a la que parecen indefectiblemente ligadas. El objetivo de estos mercados es sumarse en busca de una economía más ética, pero cuando la ética nos hace perder la estética algo falla.

En las antípodas de este planteamiento se encuentran las swap parties, fiestas de intercambio de ropa con espíritu chic y divertido como el Swap al cual tuve el placer de asistir el pasado sábado. Se trataba del primer intercambio de ropa organizado por Naturóticas, las cuatro autoras del blog del mismo nombre dedicado a la difusión de la moda sostenible con glamour o slow fashion. El decálogo de la convocatoria ya era toda una declaración de intenciones resumida en la frase “no te pedimos basura, sino tesoros”. Si todas las participantes entendían el espíritu del evento, las expectativas de volver a casa con alguna pieza interesante casi seguro se verían cumplidas.

El intercambio de ropa se celebró en la tienda de arte, diseño y artesanía Mar de Cava. De buen grado hubiera cambiado las 10 prendas de ropa que traía (el número máximo permitido) y 10 más por alguno de los preciosos objetos de la tienda pero no era el caso. En el sótano del local se entregaban las prendas a intercambiar a las estilistas que hacían una selección estricta dejando de lado las poco limpias o demasiado viejas. A cambio, recibíamos un ticket con la cifra de piezas que nos podíamos llevar (tantas como habíamos traído) así como el número para el sorteo de una bandeja ilustrada, gentileza de Mar de Cava.

De nuevo arriba, las cerca de 40 participantes (sólo mujeres en esta primera ocasión) observábamos expectantes como iban subiendo las burras cargadas de vestidos, camisetas, chaquetas, pero también sombreros, bisutería y zapatos de segunda mano. Piezas de la temporada pasada o de hace 15 años, de Mango y H&M, pero también firmadas por Vialis, Miguel Gil o Thomas Burberry. De este modo podíamos ir descubriendo e incluso probando algunas prendas pero con el suplicio de no poderlas hacer nuestras y con la duda de si, cuando empezara definitivamente el intercambio de ropa, alguien más se lanzaría a conquistar el tesoro que habíamos hallado. Lo mejor era pasar el rato degustando el sabroso aperitivo y el buen vino que nos habían preparado las Naturóticas.

El intercambio se desarrolló sosegadamente a pesar que éramos cerca de 40 mujeres desnudándose y probándose roba, no sólo en los probadores, sino en rincones improvisados y mirándose en espejos ondulados. Por mi parte, fui fiel a las costumbres que practico también en las tiendas: probarme todo lo que encuentro veinte veces, estar indecisa hasta el final, preguntar si me queda bien (aproveché bien la presencia de las estilistas) y no marchar del todo convencida. Sin embargo, salir con ocho prendas de ropa bajo el brazo que han costado siete euros (el precio de la entrada) después de haber pasado un rato divertido y haber conocido gente agradable no deja lugar a dudas: repetiré. ¿Y vosotras, vendríais?

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