Supervivientes, por @JosefinaLpez

Llevo semanas queriendo escribir en este blog, pero cuando tengo alguna ocurrencia, nada, que tenemos otro caso de corrupción. Y no quiero, quiero dedicarme a hablar de asuntos divertidos, placenteros…Pero no hay forma. Primero me resistí a hacer un recordatorio blasfemo de todos los familiares políticos y carnales de los titulares de las tarjetas opacas de Bankia. Conste me costó y, de hecho, creo me han quedado secuelas.

Dejé pasar unos días para ver si me descontaminaba y, de pronto, salta la noticia de la imputación de Acebes… vuelta otra vez al proceso de desintoxicación, no sin antes acordarme de nuevo de toda su familia. Respiré hondo tres o cuatro días y se me pasó, pero sólo la ira, las ganas de verlo entrar con una gran bolsa de plástico a cuadros en la cárcel no se me quita.

Para colmo, todos estos casos tenían como música de fondo, como una letanía, la gestión, pésima, del primer caso de ébola. En fin, que no nos pase nada, porque estamos a la intemperie.

Empieza una nueva semana, y me coloco el colgante de orgonita, espolvoreo mi casa con incienso… y no he terminado de envolverme en energía positiva cuando me topo con el registro de no sé cuántos ayuntamientos madrileños y la detención de Granados.
Nada, que no hay un día en el que me den un respiro.

Y, aunque no tiene gracia e intentemos vivir sin que nos afecte haciendo chistes, lo cierto y verdad es que somos sin lugar a titubeos ni dudas el país del milagro, donde la mayoría de los ciudadanos somos unos supervivientes porque nos sobreponemos rápidamente a cada uno de los casos de esta repugnante situación de enriquecimiento avaricioso, descontrolado y a costa de gente que intenta no perder el equilibrio y resistir de forma demasiado básica, pese a levantarse cada mañana para ir a trabajar y cuya única aspiración en muchos casos es poder sufragarse unos langostinos cocidos y congelados en Navidad, porque la cosa ya no da para más.

En el país del milagro, aún hay gente que tiene un trabajo, a veces precario y esclavizante, los niños siguen yendo al colegio aunque muchos de ellos ya están condenados a no ser nunca universitarios y los mayores todavía están cubiertos por una sanidad gratuita y de calidad, que se cargarán pronto en favor de empresas privadas que llenen de comisiones las manos de políticos. Así que esto no se acabará.

Pero también somos el país del milagro porque no hemos perdido los papeles, no estamos quemando contenedores de la rabia. Pese a nuestro estupor, nuestro cabreo y nuestra menguante calidad de vida, estamos siendo ciudadanos ejemplares. Con lo que me gustan las buenas formas, no sé si me siento orgullosa de esto.

En el país del milagro es tan excepcional y tan exagerada esta situación que el Papa Francisco debería situarlo en la cristiandad como lugar de peregrinación... Yo ya tengo algunas ideas para llenar de crucificados el camino.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*