Supersticiones, por Gabriel Merino

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Hay supersticiones más o menos inocuas. Incluso universales.

En martes 13 me he puesto a pensar en esos dogmas de fe culturales y atávicos, hasta religiosos, en los que cree a veces una inmensa mayoría de la gente sin razones pero que, transformados en convicciones íntimas, les ayudan a digerir, sobrellevar, esperanzarse o incluso a aspirar a que les sonría la buena suerte, la salud o incluso la vida después de la muerte.

La sal derramada, el gato negro, el paso bajo una escalera son signos de mal augurio: son dogmas, axiomas, artículos de fe a veces agoreros y con escasa carga de prueba o de experiencia que se convierten en espejismos con amplísima aceptación social que muchos dan por certezas absolutas. Y que, de hecho, esos muchos esquivan como una verdad incómoda.

Sin querer censurar ni entrar en el terreno de la religiosidad o la creencia de nadie, que son mecanismos íntimos de cada cultura, lo cierto es que la fe, incluso en lo abiertamente irracional, mueve montañas. Y estimo que aunque su base sea frágil o contradictoria con esa razón, creer no es en absoluto malo. Pero convertir el dogma, la fe o la superstición en un programa político o económico, por ejemplo, entraña paradojas como la que nos toca vivir a nosotros aquí y ahora.

A base de mucho repetir un mantra, una salmodia, un refrán o un artículo de fe se tiende a asentarlo. Así, afirmar que con una ley de despido más barato se va a contribuir a la creación de empleo, que bajando los sueldos se va a ayudar a estimular el consumo o que el sector público tiene la culpa de las pérdidas económicas que ha traído la especulación privada se terminan convirtiendo en verdades no sólo sin fundamento, sino contradictorias con la experiencia y la realidad que, sin embargo, terminan siendo asumidas por un nutrido grupo de creyentes agobiados por la situación.

Parándose mínimamente a pensar en las bases de estos axiomas, la realidad es bien diferente de lo que postulan. Pero oponerse a ellos, negarlos o sencillamente cuestionarlos hace que al disidente o a quien propone entrar en debates o plantear alternativas se le tache ya no sólo de ignorante o alborotador, sino de antipatriota, revolucionario o antisistema.

La superstición ha invadido la vida pública, desde la calificación subjetiva que se le da a la posibilidad de prosperar de un país a las advocaciones que el gobierno recomienda para conseguir salir del parón y la recesión. Lejos de tener una base razonable, las medidas que se proponen son, como en el caso de la religión, carentes de lógica en su carácter vinculante y, si acaso, investidas de un toque mágico, etológico, étnico o sobrenatural. Nadie se enfadará porque un supersticioso le diga que se lance la sal por detrás de la espalda si la ha derramado o que esquive la escalera pero eso no hace que pueda convertir estas normas, de hecho, en un decreto ley.

¿O sí?

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