Summertime, por Gabriel Merino

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El buzón, un año más lleno de ofertas publicitarias de muebles de jardín. La niña trae las notas –buenas de nuevo- y ya se prepara para sus tres meses sabáticos, exigentes, indolentes. Ya hay que darse la vuelta para dormir en la cama con la cara hacia la ventana abierta. Es el cumple de mi ahijada: 21 de junio. Otra vez aquí. El verano, puntual.

 

Hemos bajado la ropa de temporada y hemos cambiado los cajones. Las series de la tele tocan a su fin y este año –con más razón, por lo de la crisis- empiezan las reposiciones. Como en navidad, muchos amigos llaman y dicen eso de: ¡A ver si nos vemos!”, ahora más que para una cena o un champanazo, para un vermú de terracita en el bulevar o en el parque de las tetas.

 

¡Qué de bicis!. Ya hemos empezado –los que aún trabajamos- con el horario de verano, continuado. Ana Botella dice que no se recogerá la basura todos los días. Pues menudo pestazo: los olores de verano. Ese a sobaco sudado fresco que una vez confesé que no me disgusta demasiado, y el de quien fuma en la ventana y el de la fritanga, y el del polo de limón. Los sonidos del verano: esos que ahora la noche calurosa no amortigua: los niños de botellón en el parque, algunas chicharras y pajaritos coñazo, los de celebración de la eurocopa, los camiones de la basura –si, Ana. Pasan-; las imágenes del verano: camisetas de tirantes, bermudas imposibles, lorzas blancas que ansían un asoleado, cochecitos descapotables.

 

Ya es verano en el Corte Inglés. Eso siempre, aún con la prima desaforada. Pero ya sin Georgie Dann, como los veranos de antes. Creo que quienes siempre adoran –ellos son los dueños de la estación- el verano son los niños y adolescentes: campamentos de verano, días de pueblo, escapada con familiares de vacaciones al apartamento de la playa, quedadas con amigos, cursos en el extranjero, la play y la wii sin deberes para mañana o sencillamente chapotear en una charca o escaparse a jugar a los cinco, que eso siempre lo han hecho los niños … La verdad es que para el resto del común el verano es una estación más: con el mismo agobio, la misma hipoteca, el mismo paro o el mismo negocio –si subsiste- que la primavera y que el año pasado.

 

Ah, pero si. Los políticos también cierran. En verano trabajan más los de los chiringuitos, las gogós, los vendedores de flotadores y sombrillas y –hasta este año- los vigilantes de la playa. Los políticos no: son como los niños. Con el curso aprobado o con todas pendientes para septiembre, se van.

 

Yo, fíjate, ni siquiera tengo este año el cuerpo como para querer ponerme en pelotas a tomar el sol, que sigue siendo gratis. Eso si: se siente la galbana. Debe ser por eso que sientes que no puedes seguir tenso, cabreado, preocupado indefinidamente.

 

Yo creo que también se piensa más despacio. Y…creo que voy al congelador y me voy a comer un helado. A ver si quedan.

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