Subcontratas, por Javier Astasio


Por segunda vez en menos de un mes he sido víctima de una frustración que perfectamente evitable si la organización del trabajo en determinadas empresas obedeciese a criterios de eficacia y no al credo neoliberal de que una empresa sin plantilla es una empresa mejor.
Como todo el mundo sabe, Telefónica, heredera y propietaria de la mayor parte de las infraestructuras de telefonía en nuestro país, se había dormido en los laureles porque su situación les ha permitido dar servicio ames que nadie, porque su imagen de marca seguía siendo buena y porque sus clientes, antes abonados, podíamos permitirnos sus elevadas tarifas. Pero las cosas comenzaron a cambiar, la gente perdía ingresos y trabajo y se defendía eliminando gastos superfluos o contratándolos en compañías con precios más baratos.
Fue así como Telefónica perdió más de medio millón de clientes y fue eso lo que llevó a la compañía a lanzar una agresiva campaña de precios y servicios para fidelizar a sus clientes y captar otros nuevos. Gracias a una llamada de uno de sus comerciales supe que podía hacer algo por mejorar los servicios que recibo de Movistar -todos- y que podía revisar a la baja mis tarifas. Dicho y hecho. Con una simple visita a "mi" tienda Movistar, en realidad una subcontrata de la compañía, mejoré todo: las tarifa del móvil, el ADSL pasó a ser de fibra óptica, con 100 megas nada menos, y me "doblaron" los megas del "pincho" 3G. Todo ello con las consiguientes fidelizaciones.
Se me advirtió que en mi zona ya estaba instalada la fibra óptica, pero que aún no estaba en servicio y éste se demoraría hasta septiembre, algo que llegué a encontrar razonable y que, en realidad, no me resultó nada frustrante.
Lo malo empezó cuando, unos días después, me llamaron para decirme que la zona ya tenía servicio y para preguntarme cuándo podrían venir a instalarme el nuevo sistema. Di toda clase de facilidades y en uno o dos días tenía a tres "uniformados" de telefónica o lo que fuese que a lo largo de dos o tres horas instalaron y desinstalaron todo, porque, a la hora de la verdad, la zona seguía sin servicio. De risa fue ya que, tras recibir otra llamada comunicándome que el maldito servicio, la potencia dicen ellos, había llegado. Estaba fuera de Madrid y demoré la cita hasta mi regreso. Llegaron dos nuevos uniformados, esta vez españoles, porque los anteriores eran un peruano, un colombiano y un ecuatoriano, con un uniforme algo distinto que después de desplegar los equipos, comprobaron que tampoco esta vez había servicio. Todo esto a la hora de comer, con lo que al apetito se sumó una nueva frustración.
Charlando con uno de los técnicos me enteré de que su padre fue uno de los prejubilados de Sintel en el 2000, de que las tareas encomendadas a aquella filial de Telefónica se fueron encomendando a subcontratas que operaban con la supervisión de lo que quedaba de Sintel, pero que, con el tiempo las subcontratas se fueron haciendo con el control total, a la vez que se iban deshaciendo de sus plantillas para recontratar a sus empleados como una nueva subcontrata o como autónomos que han de comprar el material, poner su coche y jornadas de doce horas o más, también sábados y domingos, a cambio de unos sueldos que apenas rondan los novecientos o mil euros.
En telefónica, me dijo, apenas quedan comerciales. Todo lo mueven subcontratas que pueden estar en Madrid o cualquier otra provincia o país. Subcontratas, al parecer, nada coordinadas que generan un caos que a mí al menos me ha provocado dos frustraciones y unas cuantas horas de mi intimidad y de mi tiempo libre.
Ah, y no trates de seguirle la pista a la descoordinación de las subcontratas. Seguro que la atención al cliente también está subcontratada o en manos de una máquina de esas que ante cualquier cuestión te plantean un menú de cuatro o más opciones.


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