Su señoría antisistema, por @CarlosPenedoC


En el Parlamento de Cataluña se sientan hoy casi tantos diputados anticapitalistas (CUP, diez escaños) como del principal partido conservador español (PP, once), ambos con algo más de un 8% de los votos.

Es cierta la dificultad de exportar a nivel nacional los resultados de las elecciones autonómicas en Cataluña del 27 de septiembre, con peculiaridades permanentes y también coyunturales por el carácter frentista de esta convocatoria.

En los frentes populares y de liberación se unen extraños compañeros de cama que acaban siempre en divorcio violento. Como ejemplo, contra el shah de Persia trabajaron muchos y al final se impusieron los barbudos.

Lo relevante del 27S es un fenómeno que también se va a producir tras las próximas elecciones generales, el crecimiento de la presencia en el sistema político convencional de formaciones que tradicionalmente han defendido sus posiciones desde fuera; o desde ningún sitio.

La indignación social que aflora con la crisis deriva en un primer momento en una sentada en la Puerta del Sol. Ahora y en breve han decidido, en lugar de rodear el Congreso, ocuparlo. La ventaja de la primera opción es que la podían disolver los antidisturbios; en la segunda habrá que afinar el discurso político.

Desde diversos ámbitos se observa con inquietud, con mucha inquietud, el resultado de las próximas elecciones generales, a pesar incluso de que hasta el momento el terror bolivariano no se ha extendido por las calles de Madrid, Barcelona o La Coruña.

Pero más allá de preocupaciones corporativas, que suelen ser las más profundas y las que provocan reacciones más fuertes, en el próximo Congreso ningún partido obtendrá mayoría absoluta, el Gobierno saldrá con el apoyo de al menos dos formaciones políticas y voces alternativas se harán oír con más fuerza en el debate político nacional.

El próximo Parlamento será previsiblemente más plural y por tanto será más complicado utilizar la razón de Estado (Defensa, seguridad), el azar o las prisas (temas que se aceleran al final de legislatura) para no explicar decisiones relevantes en política exterior e interior.

Hay perspectivas también de que en la próxima legislatura se afronte una reforma constitucional, si el Partido Popular acaba viendo que tiene algo más que ganar con una actualización institucional que en el inmovilismo actual.

Por tanto, los inquietos o directamente asustados por el porvenir harían bien en trabajarse los argumentos. Les hará falta para convencer a los nuevos diputados y electores que han decidido implicarse en la gobernación de la cosa pública.

Dos consecuencias tendría que el Estado no modernice su organización y comportamiento: que quienes defienden hoy la reforma aboguen mañana por la ruptura; y que el despertar político de muchos ciudadanos con la crisis se convierta en decepción y abstención, con la consiguiente pérdida de legitimidad del sistema, abandonado de nuevo por una parte considerable de la población.

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