Su nombre es CÁNCER, por Alberto Calero (@acaleroj)

A los enfermos.

A los que sobreviven.

A los que se marcharon.

A las familias y amigos de los enfermos.

A los oncólogos y científicos que luchan.

“Sin tus derechos estás desnudo frente al cáncer”. Es el lema de la campaña del Grupo Español de Pacientes con Cáncer (GEPAC). Un año más el objetivo es normalizar el término. No es “una larga ni penosa enfermedad”. Tiene nombre propio: CÁNCER. Detrás de cada diagnóstico hay una historia. Predomina el miedo. La palabra duele y daña. El término asusta pero no puede provocar vergüenza. La crueldad es repugnante. Detrás hay una fotografía, una familia, unos amigos, una persona que se enfrenta a lo injusto. Nadie lo merece. Nadie debería conocer el sabor del cáncer. Es un sabor agrío y amargo que provoca náusea. Millones de personas en el mundo han probado (directa e indirectamente) esa llamada alteración de células que nos hace temblar. No hay vacuna para el dolor pero todos debemos luchar para encontrar la vacuna de la cura. Cualquiera es candidato para estar en la lista. El cáncer mata pero también hay quienes conviven con esa lotería a la que nadie juega. Muchos también sobreviven y consiguen pasar página. Una página que jamás querrían haber escrito en su historia. Sobreviven aunque duermen con la incertidumbre, con la intranquilidad que debe de suponer el pensar que ese maldito cabrón puede volver. Los que se han marchado están en el recuerdo de quienes nos hemos quedado.

Hoy es 4 de febrero y es el Día Mundial contra el CÁNCER. Un día significativo aunque todos los días son para recordarlo. Es una enfermedad que tiene un nombre. Sus apellidos son variados: pulmón, colon, próstata o mama. Y hay más aunque algunos los desconozcamos. La prevención es fundamental y el diagnóstico precoz es la mejor baza. Hay que mirarse. Hay que tocarse. Las revisiones son imprescindibles y cualquier recorte presupuestario en Sanidad que las dificulte será imperdonable. Absolutamente imperdonable. Nunca sabemos a quién le tocará la carta pero somos conscientes de que a cualquiera le puede tocar. Sólo quien lo vive en primera persona sabe qué es el cáncer. A los demás nos queda escribir palabras y palabras sin saber para qué sirven. Quizás las escribimos como desahogo y como mensaje de ánimo y fuerza para quienes luchan. Intentamos comprender la sensación que uno siente cuando sale de la consulta de un médico con todos los números de esa lotería acertados. Pleno al 15. Lo intentamos pero no podemos. Admiramos a los valientes. Todos pensamos en ese alguien al que el destino (o váyase usted a saber el qué) le obligó a coger un tren que nunca quiso. Es un tren al que los familiares y amigos nos subimos para acompañar al enfermo. Qué mal se pasa subido en ese tren. Demasiadas veces le dimos al botón de “parada solicitada” pero algo falló. Ese tren no paró y no para. No es una larga enfermedad porque a veces es corta. Sí, se llama cáncer, pero tenemos que seguir. Seguir y dar las gracias a quienes cada día trabajan para que algún día haya una cura. Y que no falte la esperanza.

Hoy nos vamos de viaje

y no tenemos

más que unos pocos recuerdos en nuestro equipaje

con ellos viviremos para siempre

en la tibia burbuja

de la esperanza

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