Soylent Green, por Javier Astasio


Son los más entregados. Son quizá quienes mejor conocen nuestra sociedad, porque son los que están en contacto con nosotros cuando menos disfraces llevamos, cuando estamos más indefensos. Saben de nuestras miserias y de nuestras grandezas. Entran en nuestras casas, algo no siempre agradable, para ellos y para nosotros. Saben mejor que nadie, a veces mejor que nosotros mismos, quiénes somos, cómo vivimos y lo que necesitamos. No se esconden detrás de uniformes ni placas, no les alimenta ninguna fe, salvo la que tienen en sí mismos, su vocación y sus compañeros, una vocación que, de no existir, haría imposible su trabajo.
Son los trabajadores de la Sanidad Pública que, pese a todo lo anterior, quizá sean, junto a los enseñantes, el colectivo peor tratado por una administración que vive más pendiente de las cifras que de las personas. Una administración para la que todas las virtudes de este colectivo son un forúnculo molesto que habría que extirpar.
Para todos esos gerifaltes, los que ven el mundo como un libro de cuentas en el que se borra más que se escribe, hay un nuevo motivo para no encariñarse con ellos, porque, desde el primer minuto, se han opuesto a los planes excluyentes con que el gobierno pretende negar la asistencia, y, con ello, la salud, a los colectivos más necesitados.
Lo ha dejado claro la portavoz del Ministerio que ha recordado, para negar a los médicos su derecho a objetar la ley que les obliga a dejar sin atención a los sin papeles, ellos atienden, pero no facturan. Ahí está la clave: los médicos, las enfermeras y enfermeros tocan a los enfermos, mientras los señores del ministerio los cuentan y les facturan.
Mil médicos han puesto ya su nombre y apellidos en una lista, comprometiéndose a atender a estos inmigrantes lo permita o no la ley, porque su código deontológico les obliga a ello. Mientras tanto, desde los despachos se mantiene como si nada la intención de dejar sin tratamiento a enfermos que sufren enfermedades tan terribles como el cáncer. Espero por nuestro bien que ninguno de esos personajes con poder y sin pudor ni compasión haya visto la película "Soylent Green", de Richard Fleischer, que aquí se tituló "Cuando el destino nos alcance", en la que se describe un mundo futuro, dominado por una dictadura que alimenta a la gente con una substancia llamada soylent green que, al final se descubre, se fabrica con los cadáveres recogidos en las calles.
El día que en los despachos descubran que se puede hacer algo parecido con los expulsados del sistema, comeremos soylent, verde o de cualquier otro color.
Mientras tanto, debiéramos apoyar a los médicos y los enfermeros en su oposición a las normas que les prohíbe cumplir con lo que les dicta su conciencia. Hoy son los inmigrantes, pero mañana pueden ser los parados, los ancianos, los enfermos crónicos o los que tengan los ojos azules. Al final todo dependerá del algoritmo que de pie a la fórmula contable que más "ahorro" permita.
Lo que ocurre es que todos estos ahorros acabarán volviéndose contra todos. Los trabajadores de la salud lo saben mejor que nadie, sería bueno escucharles.


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