Soy dipurado, soy diputado..., por Javier Astasio

 

La verdad es que ha tenido que ser duro. Ha tenido que ser muy duro para cualquiera de sus señorías levantarse hoy y mirarse al espejo repitiendo "soy diputado, soy diputado, soy diputado...". Ha tenido que ser duro, porque en algún momento al mantra le habrán crecido interrogantes, le habrá nacido pena o le habrá asaltado la ira.

Habrá sido duro, porque ¿cómo puede uno decirse diputado, representante del pueblo, salido del pueblo y elegido por el pueblo para defender los intereses del pueblo, después de ver cómo se masacraba al pueblo que mostraba su descontento por la desatención con que cada día tratan los diputados cada día los problemas que afectan al pueblo?

Supongo también que más de un diputado, quién sabe si muchos, hayan dormido esta noche más tranquilos sintiéndose seguros y protegidos, aislados de ese pueblo "vociferante y violento" que ayer pretendió forzar su legítima voluntad a la hora de votar. Podría, incluso, haceros una lista. Pero también podría hacérosla de quienes se marcharon a casa o al hotel avergonzados de verse sometidos a ese juego perverso de verse aislados de sus electores. Porque, sin haberlo pretendido, la delegada del Gobierno en Madrid, la que está casada con un señor al que busca la Justicia para poder ejecutar una sentencia y no le encuentra, y el, hasta hace unos minutos ministro, silencioso ministro del Interior, lo que han conseguido con su despliegue es que en todo el mundo se vea que, en España, a menos de un año de unas elecciones los representantes del pueblo se reúnen aislados y protegidos del pueblo.

Me temo que, al final, el Congreso es como una oficina o una fábrica, en la que lo que te da vueltas en la cabeza mientras acudes a ella se esfuma con el primer chiste, la primera broma o el primer chascarrillo del compañero. Supongo que más de uno comentará en la cafetería los incidentes de ayer, vistos en la tele, porque tan aislados estaban ellos de pueblo que se manifestaba, como el pueblo lo estaba de ellos.

Harían mal en no preocuparse, porque la de ayer, y los que tenemos ya unos años lo sabemos, era una jornada de "alto riesgo" y, sin embargo había miles de ciudadanos en la calle, muchos más de esos ridículos seis mil que pretende haber "censado" la señora Cifuentes, la del marido ausente. De ser así, mal hace el ministro en felicitar a "sus", que no nuestros, policías. Porque, si, para controlar a seis mil ciudadanos, los casi 1.500 policías, uno por cada cuatro manifestantes, tuvieron que causar más de sesenta heridos, uno de ellos grave, más vale que le entreguen las competencias de seguridad a SEUR o cualquier otra empresa privada.

No me gustó nada lo de ayer. No me gustó, porque se arriesgó demasiado y porque la siguiente puede que sea más violenta e incontrolada. Pero, por la experiencia que tengo, por la presencia de policías encapuchados e infiltrados, supongo que es lo que pretende el gobierno: radicalizar y atomizar un movimiento que, es evidente, tiene muchos partidarios tan pacíficos como cabreados.

Insisto: más de un diputado hoy habrá tenido que repetirse ante el espejo "soy diputado, soy diputado..." y ese diputado haría bien en hacerse con la foto de uno o más de sus votantes, para colocarla en el escaño, al lado de los botones de votar, para poderlas mirar a la hora de votar, en lugar tener que mirar los dedos "señalero" de su grupo que le "sugieren" el botón que debe pulsar.

Señores diputados. Es así de sencillo, el escaño no es suyo, tampoco de su partido, el escaño es de los ciudadanos, también de los que ayer estaban en la calle al otro lado de la valla.

 
 

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