Sonrojo, por Javier Astasio

 
 

Me ha llamado la atención comprobar lo difícil, por no decir lo imposible, que resulta encontrar en la red alguna foto de la Casa del Correo con una sola bandera en el balcón, de cuando, en los duros años del franquismo, lo ocupaba la Dirección General de Seguridad, con sus policías de  largos abrigos y gorras con barboquejo, armados primero con viejos fusiles y luego con eso que yo pensaba que eran "metralletas" y en la mili aprendí que eran subfusiles, montando guardia en un enorme portalón que a ninguno nos apetecería cruzar y que un día comprobé que no era esa la puerta que se cruzaba cuando te llamaban o te llevaban a declarar ante la Brigada Político-Social. Me ha extrañado y me ha hecho pensar en que cada vez habrá menos gente que sepa que los sótanos de lo que fue la DGS  estaban llenos de calabozos y que algún día llegará en que nadie lo recuerde.

Fue buena la intención de Joaquín Leguina al escoger el tenebroso edificio de la policía franquista como sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. Lo que no sé es si fue acertada, porque no hay nada peor que la desmemoria para la buena salud de un pueblo. Leguina pretendió exorcizar aquella cueva del dragón, instalando en ella una institución democrática de nuevo cuño, pero, de algún modo, borró la memoria de tanto horror, muertes incluidas, como el que se vivió allí.

Y es que en ese edificio se torturó y se torturó mucho a quienes luchaban contra la dictadura y tenían la desgracia de caer en manos de la policía. Y, para caer en sus manos, bastaba con haber escrito cualquiera de las entradas de este blog o muchos de los post que habitualmente colgamos en nuestro muro y, no digamos, los escuetos y muchas veces poco sopesados twits que colgamos. Por eso me duele este olvido que pretendió ser terapéutico y, a la larga, ha enquistado el dolor de las víctimas y sus familiares.

España es un país que, como los niños, ha tapado sus oídos y ha entonado esa salmodia de "es mejor así, hay que perdonar", para no escuchar las voces de las víctimas. Y, si no ha sido capaz de sacar a las víctimas de tantos fusilamientos arbitrarios, de tantas venganzas, cómo iba a ser capaz de juzgar y condenar, no ya a los asesinos que siguen vivos y con sus manos manchadas de la sangre o la tinta de aquellos crímenes, sino a esos policías que golpeaban hasta la propia extenuación no la de quienes torturaban, a veces a la búsqueda de una información, a veces por puro placer.

Muchos de ellos superaban en edad a sus víctimas, lo que ha permitido que únicamente dos hayan sobrevivido a quienes han tenido el coraje de reclamar a la justicia argentina lo que la de su país les niega. Uno de ellos es el más famoso y más miserable de ellos, Juan Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño y famoso por su crueldad, dentro y fuera de la DGS, que fue hábilmente retratado con otro nombre por su tocayo Bardem en la película "Siete días de enero", en la que se cuenta su relación con la matanza de los abogados de Atocha.

González Pacheco y sus compañeros no debían estar muy tranquilos, visto el final de sus colegas de la PIDE portuguesa y no parecían dispuestos a dejarse coger como ellos que, sabiendo lo que tenían a sus espaldas, se resistieron como nadie a entregar las armas a los capitanes de abril. Pero no tenían nada que temer, porque aquí optamos por mirar para otro lado. Tanto, que alguno de aquellos perros de presa culminó su carrera como jefe superior de Policía de alguna que otra provincia, y tanto, que González Pacheco se convirtió en responsable de seguridad de Peugeot en España.

Por eso, porque esta gente no tuviese que responder en España de todos sus esfuerzos, no puedo sino sentir sonrojo al ver que ha tenido que ser una juez argentina, María Servini, la que, instruyendo la denuncia presentada contra ellos en aquel país, haya decidido llamarles a declarar como imputados.

Y a partir de aquí, más sonrojo, porque la fiscalía española se opone a que sean detenidos para que respondan ante la juez Servini, mientras que Argentina ha decidido abrir sus consulados en España para recibir nuevas denuncias contra quienes disfrutaron golpeando mientras estaban hambrientos, mal dormidos y esposados a quienes sólo pretendían que su país fuese más libre y mejor. De ahí mi sonrojo.

 

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