SONRISAS Y LÁGRIMAS, por Javier Astasio


Quizá sólo sea un resabio de quien toda su vida se ha dedicado a esto, pero a veces me cuesta poner toda mi fe en lo que se pone ante mis ojos y, debo reconocerlo, de lo que me llegó ayer de la sesión de constitución del Congreso, hay demasiadas escenas que, más que reales, parecían deformadas por algún filtro de Instagram, exageradas en su contraste, llamativas, pero lejos de la realidad que, se supone, quieren representar.
Lo de ayer, y lo aclaro ya, me refiero a la puesta de escena de Podemos, fue como un happening, algo parecido a esa última noche en la mansión de los ricachones, con que los amigos premiasen al hippy que va de soldado a Vietnam y que tan magistralmente describió Milos Forman en la versión para el cine de la comedia musical de "Hair".
No era sólo espontaneidad. No se trataba sólo de la sorpresa ante un nuevo escenario. Se trataba de algo más. Parecía como si los diputados de Podemos se hubiesen conjurado para aprovechar todos y cada uno de los salientes que les brindaba el anquilosado reglamento de la cámara y del sistema, para apoyarse e tomar impulso en ellos hasta alcanzar la cima perseguida de convertirse en protagonistas de la fiesta.
Y doy fe de que lo consiguieron, porque de un modo u otro, incluso en este blog desde el que estoy hablando de ellos, se han llevado los focos y las cámaras, a veces. como Pablo Iglesias, hasta la puerta del mismísimo cuarto de baño. Lo consiguieron, porque el pleno de constitución no fuera el de Patxi López, un socialista de raza, que no de casta, que pronunció un discurso no sólo adecuado, sino necesario, que, desgraciadamente quedó en un segundo plano, perdido entre el ruido de tanto gesto.
También nos privó todo ese ruido del infinito placer de ver a un Mariano Rajoy descolocado, fuera de la que ha sido hasta ahora su posición privilegiada. Nos privó de ver enmarcado en siniestro negro o en rojo de vergüenza el momento en el que el diputado Gómez de la Serna, elegido en la lista del PP por Segovia, investigado sin futuro por la Audiencia Nacional, que no ha podido practicar registros en sus viviendas y tendrá que enviar el caso al Supremo, porque el PP bendijo a Gómez de la Serna con la extensión de su fuero hasta ayer, al incorporarle a la Diputación Permanente del Congreso.
Hay que reconocer que los diputados de Podemos o quien quiera que diseñase la coreografía de ese primer día lo hicieron bien. La procesión de bicicletas acompañando al ecologista López de Uralde montado en la suya, la batucada que acompañó a los diputados de Compromis, los anoraks de Iglesias y sus compañeros, colocados en los carísimos sillones de sus señorías, como banderas ondeando en territorio conquistado, pese a la presencia de cómodos percheros en los accesos al hemiciclo, el bebé de Carolina Bescansa, pasando de los brazos de un compañero de su mamá a los de otro, convertido  supongo que a su pesar, en protagonista de un pleno en el que estuvo durante cinco horas.
A Podemos no le bastó con el vistoso desfile multicolor de sus diputados, una bocanada de aire fresco en un lugar que hace años que no se ventilaba. Tuvo que subrayar lo evidente, lo obvio, y, a veces, subrayar lo obvio es desvirtuar la realidad. Demasiado ruido, entendido como interferencia, en lo que realmente debería interesarnos, porque, hasta su propia proposición de ley contra el desahucio y a favor de proporcionar un techo a quienes se encuentren en situación de emergencia social, haya quedado apagada por tanto gesto y tanto espectáculo.
Hubo, como en ese encuentro a la salida del Pleno, entre Podemos y sus bases, sonrisas y lágrimas a la luz de los focos, sonrisas y lágrimas que también vinieron a mí, al contemplar un espectáculo que, siento decirlo, me pareció desmedido e innecesario.

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