Son como nosotros, aunque a veces más tontos, por Gabriel Merino

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Con Nixon –yo aún no había cumplido 10 años cuando el Watergate- descubrí que un presidente podía ser un corrupto y blanco de críticas incluso hasta para echarle. De hecho, nosotros teníamos entonces un dictador que, prácticamente, agonizaba y que en determinados círculos ya era pasto del humor negro más encarnizado de sus opositores. Pero precisamente desde su muerte, mucha gente empezó a valorar aquí a la clase política como si estuviera hecha de una pasta diferente, especial, preparada, abnegada o dialogante. Aunque Kissinger fuera en ese momento, de hecho, un pergeñador de golpes de estado que acabó con un premionóbel o el demócrata Carter viniera precedido de una fama de cultivador de cacahuetes, ser político parecía que imprimía un status especial. Es verdad que también Brezhnev era un cabrón sin paliativos, o Videla o Pinochet o Fidel o el mismo Mao-Tse-Tung, dependiendo para quien, pero por ser quienes eran parecían investidos de un poder de mando que si, en otros casos, ya venía avalado por las urnas, hacía al político poco menos que un elegido ya no del pueblo, sino del cielo.

 

En Europa, además, esos políticos parecían ser la crema de la democracia universal: socialdemócratas, laboristas, conservadores, democristianos, eurocomunistas. Los creadores del estado del bienestar: de Pompidou a Miterrand, de Wilson a Thatcher, de Adenauer a Kohl. Parecían un olimpo. Aquí se les trataba de imitar por la izquierda e, incluso, por la derecha. Sólo tras la desaparición de Pablo VI, la repentina muerte de su sucesor Juan Pablo I pudo hacer pensar por primera vez a algunos que hasta en los estamentos más asentados, espirituales  y pulidos del poder, como el pontificio, podía haber movimientos subterráneos de fairplay dudoso. Pero claro: desde fuera, políticos como Somoza, la dinastía coreana, las Mariaestelas, el PRI, Sadam, Mubarak, los principes saudíes. Ferdinand Marcos, Gadafi o los Ceucescu nos inducían a creer –por comparación- que en Europa estábamos viviendo en una isla democrática privilegiada, gobernados por los mejores. A pesar de muertes como las de Aldo Moro o de Olof Palme, siempre creímos que aquí se había conseguido generar una casta de supergobernantes impolutos.

 

Con la llegada universal de los neocon –Reagan era un actor mediocre venido a más- vimos como aquella inglesa atiborrada de laca y dispuesta a acabar con lo público imponía una nueva – o quizá, al revés, vieja como cagar- forma populista de entender la política: reeditar la doctrina Monroe, “América para los americanos”, es decir, teñir de ultraconservadurismo la relación con los demás y proveerse de normas específicas para flotar a costa de quien fuera, sólo con la multiplicación desaforada del capital como única meta. Ahí, paralelamente al naufragio de la URSS de Gorbachov aparecieron delfines mediocres del método como los Bush, Aznar, Berlusconi o ese nuevo y amorfo partido popular europeo, emergente mientras naufragaba la socialdemocracia, presa de su propia autocomplacencia y repentina corrupción.

 

Y desde ese momento, todos liberales y mediocres. Sin un enemigo claro hasta que llegó Bin Laden –China era un enemigo excesivamente grande, Putin era demasiado parecido, Fidel era demasiado viejo y los jeques eran los dueños del petróleo-  la clase política occidental se ensimismó en ese objetivo de rentar, ganar, multiplicar, rentabilizar y hacer dinero sin trabajo sólo a base de parquet, deuda soberana, prima, subasta y especulación financiera. Regalaron el sistema político. Vendieron lo que creían que era suyo –y era nuestro- por las patas.

 

Ahora recuerdo aquel presidente de aquí que hace ocho años, en el comienzo de su primera legislatura pillaron los micros abiertos reconociendo no tener ni zorra idea de economía. Una pillada pero, al fin y al cabo, como a todos:  hasta como a esa alemana que ahora huye para delante pisoteando lo que haga falta o esta populista argentina que habla de la hidrocarburización, o ese hortera putero italiano al que le partieron los piños con una réplica de la catedral de Milán o los mafiosillos que se alternan la presidencia y la jefatura del gobierno ruso, o el nuevo lider de Corea del Norte al que tanto le gusta ir a Disneyland Tokio, o el bolivariano, o el pequeñajo casado con la Carla Bruni o los reyezuelos del Golfo que contratan misses europeas de compañía para pasearlas en limusina.

 

¿Son como nosotros?. No: quizá peor, porque desconocen la realidad. Responden sólo ante las demoscopias, la apertura de la bolsa y el usurero que les dio dinero a tan alto interés que ahora amenaza con arruinarles cada día. No: como nosotros no. Son mucho más avaros, más mezquinos, más egoístas, más tontos. Viven como si no supieran la que –por la historia que ellos mismos han hecho hasta ahora- se nos viene encima. Lo diferente respecto a los tiempos de Nixon es que ahora esa avalancha apocalíptica, que tanto nos hace desconfiar de ellos,  se retransmite a diario, en directo.

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