Solidaridad y espejismo, por Gabriel Merino

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Cuando cayeron los regímenes comunistas, yo estaba a punto de cumplir 30 años. Ahora casi tengo 50.

En estos 20 años desde la desaparición de la otra alternativa político económica del siglo XX he asistido, como cualquiera que haya vivido los últimos 20 años, a la formación de una Unión Europea cicatera, monetarista y autista; a la condonación de la deuda de una América Latina que no podía salir de la asfixia a la que le habían condenado los mercados; a la consolidación de una doctrina neoconservadora liberal heredera del reaganismo y el thatcherismo que ha desregulado y permitido por completo la especulación con la economía productiva; a la creación de presuntos nuevos enemigos del sistema como el islamismo, la inmigración, los sistemas públicos o los movimientos sociales; a una ficticia primavera árabe en que se quitó a quien estaba para volver a dejarlo todo como estaba; a varias guerras dolorosas, infructuosas y costosísimas como las de Iraq y Afganistán; a la emergencia económica de una China y Sudeste Asiático que terminará por comerse –por competitividad- el mercado mundial; a la condena a muerte silenciosa de África, la cuna de todos; al fin de la clase media y el estado del bienestar como lo conocíamos y a un envejecimiento no sólo demográfico sino de ideales de la población joven formada, que asiste resignada al nuevo mapa del mundo que dicta no sé si el Fondo Monetario Internacional, las grandes corporaciones multinacionales, Halliburton, la bolsa de Londres, las ventajosas condiciones que ofrecen los paraísos fiscales, el club Bilderberg o ese famoso 2% que se resiste a descabalgar del podio en el que lleva alojado desde el comienzo de la historia.

Creo que durante un periodo cercano en el tiempo, ese poder incluso ha estado tentado de provocar una gran guerra abierta con alguien –cualquier supuesto enemigo- para justificar un gasto, una pérdida y una reconstrucción posterior, y, aunque creo que aún se lo piensan, parece que han encontrado una alternativa más beneficiosa para sus intereses. Confieso que, con la caida de los comunismos, llegué a albergar por momentos la esperanza de que los conceptos de bienestar, solidaridad, progreso, educación y democracia se actualizarían y se mejorarían, pero veo que no. Con la complicidad de los gobiernos de una Europa en declive, unas empresas que son incapaces de competir en buena ley, la negación a auxiliar a un tercer mundo -que sigue agonizando y debatiéndose en sangrías y éxodos internos- suministrándoles educación, riqueza y estabilidad, y con la pasiva resignación de una clase media asustada y agarrada al “que me quede como estoy” por la pérdida del estatus que les otorga su hipoteca, los plazos del 4X4, la subvención a su colegio concertado, su sociedad médica o su plan privado de pensiones y la posibilidad de votar cada cuatro años entre dos partidos que ofrecen la misma opción -listas cerradas, partitocracia, compra de voluntades, disciplina de partido, dinero público repartido entre ellos y sus empresas amigas, sillones en consejos de administración, corruptelas y mamandurrias, vergonzosos beneficios exclusivos para su casta, opacidad e indemnidad y prescripción de sus manejos ante la justicia, utilización de los medios de comunicación, criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales o alabanza de las sicavs-,la cosa ha ido sin duda a un pozo sin fondo. La crisis actual, aunque no lo vieran los agentes económicos, era perfectamente previsible con los derroteros que ha tomado el mundo en las dos últimas décadas.

Durante un tiempo, creí que como sociedad desarrollada, opulenta o con menos problemas que el resto del mundo, tendríamos algo que ofrecer y exportar: que nuestros jóvenes universitarios impartirían clases fuera, que seríamos pioneros en energías renovables y menos agresivas con los recursos perecederos o con la tierra, que acabaríamos con las hambrunas y pandemias mediante fondos de ayuda que -llegarían a su destino y no se quedarían en manos de rapiñeros intermediarios- finalmente revertirían positivamente en la economía global, que nos dedicaríamos a la I+D+I y a las nuevas tecnologías o al sector servicios en vez de empeñarnos en recoger fresas o patatas, ensamblar coches, fabricar barcos o picar carbón, ya que hay países que pueden hacerlo más barato mientras nosotros tenemos –sin duda- otras cosas valiosas que ofrecerles a cambio. En eso creí que consistía la globalización. Pero no: los últimos veinte años la codicia y la delincuencia economicista disfrazada de mercado ha dado la cara. Y nos damos cuenta muy tarde.

Incluso creí durante un tiempo que exportaríamos al resto del mundo un modelo político representativo de la gente, de sus ilusiones, de sus necesidades, de sus intereses. Pero no: ahora me doy cuenta que incluso eso –hasta para nosotros -era un espejismo. Parece que hay quien sabía desde el principio que el manejo del mundo es sólo un inmenso juego de consola y, evidentemente, tiene los mandos del joystick. Mientras, como decía el pastor luterano Niemöller antes de la última contienda global, ahora que nos toca a nosotros, quizá ya es demasiado tarde.

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