Soft landing, por Gabriel Merino

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Recuerdo aún que la celebradísima película de animación “Heavy Metal” se abría con una secuencia llamada “Soft Landing” o, lo que es lo mismo, “aterrizaje suave”, que es la manera en la que se denomina en economía la forma de frenar sin golpes un ciclo económico expansivo o pelotacero para entrar en una etapa de crecimiento suave o estancamiento con el fin, precisamente, de evitar una recesión.

Más suavidad y tibieza de la que ha tenido el gobierno en asumir el 45% -un poco por debajo de la mayoría de acciones, ¡fíjate qué casualidad!- de ese cuarto banco del país resultante de la fusión, entre otras, de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, fundada en el siglo XVIII, y otras ex cajas de ahorros de comunidades autónomas administradas desde hace tiempo inmemorial por su partido, no se puede haber tenido. Rato – el ex ministro de finanzas del PP y ex director del FMI- hacía mutis calladito mientras ponía en el puesto a quién él le ha parecido conveniente, pero ese consejo de administración –por cierto, ¿qué coño administraría ese consejo?- de políticos, patrones y sindicalistas que cobraban –cobran aún- sueldos millonarios se ha mantenido en sus puestos sin fusilarlos –¡en sentido figurado, entiéndaseme, plis!- por inoperantes. Entretanto, convertir la deuda de Bankia en acciones que se queda el erario –el erario siempre es público, que lo sepan los redundantes, aunque igual algún día no muy lejano esas acciones  se reprivatizan al precio simbólico de un euro: eso también es frecuente- nos cuesta 1.700 euros a cada español. Pero además se le van a dar a Bankia esos 10.000 kilos que, hace unos días, se anunció que se iban a detraer de nuestra sanidad y nuestra educación pública.

No soy catalán ni nacionalista ni evidentemente convergente, pero esta mañana oía a Más y me encuentro razonablemente de acuerdo con él. No me quiero imaginar cómo de lejos -¿en Nueva Zelanda, quizá?- se habrían oido los gritos liberales si en lugar de la matriz que engloba a la madrileña Cajamadrid –la comunidad de cuatrotorres, ciudadelajusticia, cajamágica, emetreinta, dosmildoce, jornadaspapales- o a  la valenciana CAM –la otra comunidad de ciudaddelcine, formulaunos, terramíticas, calatravismos del Turia, aeropuertodecastellon o presuntasgurteladas varias- hubiera que haber intervenido a La Caixa. Y todavía hay que oir a la condesa decir que ella hubiera sido partidaria de fusionar a Bankia con La Caixa: esa misma condesa que dice  sin complejos que ésta su comunidad da números negros echando a interinos, anunciando que cobrará peaje por la M45 o no pagando a los abogados de oficio mientras pide al estado que se quede con los hospitales y los coles, esas rémoras que dan tanto gasto.

Las piruetas, las especulaciones, los amiguismos, las operaciones de riesgo, los pelotazos y el ladrillo, al final se pagan. Y por más que intenten hacérnoslo pasar por un aterrizaje suave, a mí me parece - a lo mejor, lo es- una chorizada:  no sé si de los gestores , de la condesa, del hoy ministro de justicia, del del fondo monetario, de los amiguísimos del alma, de los consejeros de administración o de los ladrilleros. Lo que es cierto es que esto no es culpa de quienes tienen sus nóminas o sus ahorros ahí. Como madrileño me avergüenza que quienes hoy planifican esta maniobra de transición como si no pasara nada, hayan llevado a la casi tres veces centenaria caja de ahorros de mi comunidad a esta quiebra indecente que, una vez más, parace que nos van a hacer pagar a todos.

Mira: así que sin haber comprado acciones de Bankia, estamos metidos todos en ella. Como decía el anuncio hace unos meses: “Todo un futuro juntos”.

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