¿Sociedad inimputable?, por Javier Astasio


Evidentemente, para disparar indiscriminadamente una ballesta contra los profesores y compañeros de tu instituto hace falta esa ceguera que dan la rabia y la locura. Sin embargo, para salir de casa con una ballesta y un machete, para apuñalar mortalmente al profesor herido de un flechazo y para tratar de incendiar el centro hace falta algo más que un rapto de locura. Para llegar a ese punto hace falta una sociedad que adora y cultiva la violencia, hacen falta una sociedad y una familia incapaces, si no de frenar determinadas aficiones y conductas, sí de detectarlas, hace falta que la presencia de la ballesta, el machete y una pistola de balines no disparen las alarmas, hace falta una televisión en la que el único dios sea la violencia, hacen falta películas y series llenas de explosiones, disparos, puñaladas y puñetazos. Haca falta, como diría Rajoy, "mirar para otro lado", para no verlo, cerrar los ojos y las orejas para no tener que enfrentarse a los gritos y los portazos de un "niño" violento, poner en sus manos una consola y todos los juegos que pida, aunque se esté perdiendo en ellos, sin llegar a discernir la realidad entre tanta violencia gratuita y fácil.
Desgraciadamente, lo sucedido ayer en el instituto Joan Fuster no es una excepción, como alguien ha apuntado. Las consecuencias sí son excepcionales, pero la violencia latente en algunos alumnos, el culto al grito y al insulto, la violencia callada ejercida contra compañeros, el acoso, el odio están, por desgracia, más presentes en las aulas, de lo que sería deseable. En las aulas y en una sociedad a la que le viene muy bien la amputación de los sentimientos. Una amputación que, más adelante, va a resultar muy útil y rentable, en la oficina, la fábrica, el taller o el cuartel, una amputación que deja fuera a los "nenazas" y, lo sé por experiencia, coloca por encima del resto a quienes son capaces de gritar en un despacho y de despedir y humillar a un compañero, a sabiendas de que lo que hace es injusto, si así se lo pide la empresa.
Lo queramos ver o no, lo ocurrido ayer en el Joan Fuster es fruto, extraño fruto, de la sociedad que cultivamos. Es ese ejemplar de forma y proporciones extrañas que de vez en cuando brota en el surco, junto a ejemplares ·normales",  por exceso de abono, por una mutación o por descuido, pero que lo hace debilitando y anulando a los otros. Un ejemplar que puede acabar siendo "de exposición" o arruinando el huerto.
He visto demasiados niños, mocosos apenas, patalear, chillar y pegar a sus padres y hermanos, en supermercados, restaurantes, vagones de metro y restaurantes. Y he visto a sus padres dimitir de su obligación de educar, de marcar los límites, de ejercer la autoridad y la fuerza necesarias para evitar que nuestros hijos hagan o se hagan daño en ese mundo real del que, a veces, excluimos a la familia. Los he visto y me he preguntado qué sería de ellos, hasta dónde llegaría la insatisfacción creciente que cultivan sus padres en ellos. Los he visto y he temido el momento en el que ese niño que grita y patalea hoy se enfrente a un agente de la autoridad o a alguien más gritón, más fuerte y más malvado que él.
Dimitimos de nuestro papel de padres y lo hacemos porque en lugar de querer a nuestros hijos lo que queremos es que nos quieran. Nos preocupamos de darles todo lo que quieren y podemos darles y pretendemos que sean sus maestros quienes les eduquen, aunque sin, eso sí, reconocerles la autoridad para hacerlo. Por eso está desapareciendo la figura reverencial y referencial que antes era el maestro, un personaje fundamental en la vida de cualquier ciudadano, del que muchos aún guardamos grato recuerdo, pese a algún que otro pescozón. Todo por un sueldo miserable, quizá lo único en que les igualan los de ahora, aunque a veces, como ocurrió ayer en Barcelona con el interino asesinado por su alumno, hacer bien su trabajo, que es entre otras cosas proteger a su clase, les cueste la vida. 
El alumno que ayer acabó con la vida de este profesor es menor d eedad y, por tanto, inimputable. Pero alguien, sus padres, la sociedad, la escuela deberían asumir la responsabilidad de lo que ha pasado. Y no debe bastar con condolencias y minutos de silencio “televisables”. Ni con apenarse de lo que le queda a la familia del autor de la muerte, porque más le queda por sufrir a la de quien sólo quiso cumplir con su obligación.


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