Sobreiluminados, por Fernando Blázquez (@ferblazrom)

Las ciudades españolas están sobreiluminadas. Y no hablamos de los días de huelga general en las que un Gobierno decide dejar encendidas las farolas durante el día para aumentar el consumo eléctrico y falsear datos, no. Si uno decide dar un paseo nocturno por las calles de París, Londres o Berlín se dará cuenta de algo: de que hay mucha menos iluminación que en España. Y no es algo malo.

Monumentos aparte (aquí iluminamos nuestros monumentos muchísimo mejor que en el resto de Europa, y es de alabar), la mayoría de las ciudades españolas están sobreiluminadas. ¿Y eso “qué eh lo que eh”? Que tenemos más farolas de las necesarias. Con todas sus consecuencias: vemos más, sí, pero gastamos cantidades ingentes en luz que no se aprovecha (tiramos el dinero), nos provoca trastornos del sueño (estrés, molestias, dificultades para dormir), nos provoca cambios hormonales, hace que suframos más a los mosquitos, modifica los ecosistemas de otras muchas especies y nos impide, qué duda cabe -pongámonos románticos-, ver las estrellas.

Madrid, Barcelona y, sobre todo, Valencia, son ciudades sobreiluminadas. La capital del Turia tiene 101.289 puntos de luz en sus calles (una farola por cada ocho habitantes), lo que le cuesta a cada habitante 137 kWh. Eso es el doble de lo que gastan Madrid y Barcelona y tres veces más de la media alemana.

Es el absurdo del absurdo en un contexto en el que podrían ahorrarse millones de euros al año. Y sin entrar en cuestiones de salud. Es absolutamente necesaria una política lumínica efectiva y racional en todas las localidades de nuestro país. Por ahorro, por salud y por coherencia.

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