Sobre patrias, himnos, banderas y reyes, por Javier Astasio


Decía mi abuelo, hombre bueno y sensato, que las banderas son trapos que apenas sirven si no es para llevar a los hombres a la guerra. Y qué razón tenía.

Las banderas y los himnos con demasiada frecuencia se levantan en el aire y se entonan para humillar al otro. Aquí en este Madrid excluyente e intolerante que tanto le gusta a Esperanza Aguirre padecimos años de terror en los que cantar el "Cara al sol", brazo en alto, ante banderas y uniformes de los que nos creíamos a salvo, era el peaje que había que pagar por pisar determinadas calles con el pelo demasiado largo, determinados periódicos bajo el brazo o la ropa informal que tanto odiaban los jovencitos de lacoste, loden o castellanos. Todo eso deja huella y no debe extrañaros pues mi alergia ante determinados símbolos y algunas actitudes.

Me ocurre con la presidenta de la Comunidad de Madrid, camorrista de manual, que, conociendo como conoce los bajos instintos que mueven a alguna gente, sabe como hostigarlos. No puedo con ese afán por envolverse en la bandera para arengar, con esa voz chulesca y desagradable, tan fuera de lugar siempre, a quienes -como dice mi amigo Luis- tienen todavía en la frente la rosca de la boina, para lanzarlos contra enemigos inexistentes, mientras, qué hábil, les mete la mano en la cartera.

No pasa, no debe pasar nada, porque se silbe un himno o se abuchee a una persona, por mucho que simbolicen a una nación, porque qué es una nación ¿no es acaso el conjunto de quienes viven en ella?

Parece que no. Parece que lo más útil, para algunos, es reducirla a unos colores, a unos acordes, a una figura como la del rey, para, a su sombra, sacar provecho de lo que es de todos, esconder tras esos símbolos que agitan ante las narices de los incautos, lo más sucio, lo menos edificante de la condición humana.

Debe entender Esperanza Aguirre y quienes cargados de buena voluntad la defienden que es muy difícil, para mí lo es, al menos, mantener el respeto a un señor que se marcha a cazar elefantes a Bostwana mientras en el país al que representa más de un millón de niños cada mañana se van al colegio sin desayunar, después de haberse acostado sin cenar porque sus padres no tienen trabajo y viven por debajo del umbral de la pobreza.

Creo que yo no estaría entre los que este viernes silben al himno o a los príncipes, pero les entiendo. Entiendo que los símbolos están también para eso y que a la familia real le va en el sueldo tener que aguantar estoicamente situaciones como esa. A mí me vacunaron contra himnos y banderas aquellos fachas del barrio de Salamanca que, afortunadamente, consiguieron hacerme insensible ante los aplausos y los abucheos ante tan absurdas abstracciones. Yo, como mi admirado José Emilio Pacheco, cuando me enfrento a situaciones como la que está provocando Desesperanza Aguirre, me siento reo de alta traición.

Alta Traición

(José Emilio Pacheco)


No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.


Para mí, eso es la patria, ríos, paisajes, gentes. No las banderas, no los himnos, no los reyes.
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