Sobre moscas y cañonazos, por Javier Astasio


Uno de los mayores vicios del periodismo, especialmente en los últimos tiempos es y ha sido el de reducirlo todo a balances, especialmente cuando al hablar de hechos o situaciones que originan víctimas. Me parece que esa actitud es errónea y lo vengo diciendo siempre que tengo ocasión. No se puede, por ejemplo, reducir la violencia machista  a eso. No se debe, pero se puede, porque se hace, asignar a cada una de las víctimas un numero de orden, como su la estuviésemos colocando en un tablero, en un marcador. No debe hacerse, porque se las despersonaliza, se borran las causas y las consecuencias de tan horrendos crímenes.
Con el terrorismo ocurre otro tanto. Al final, los atentados quedan reducidos a cifras, mucho más si se cometen fuera de nuestras fronteras  y falta análisis, se echa de menos que alguien admita los errores que llevan a ellos y la respuesta se reduce a los consabidos actos de repulsa, a las grandes palabras, a los funerales de Estado, sin que nadie nos diga qué y por qué ha fallado, con lo que al ciudadano lo que le queda es poco más que la pena y el miedo.
Y es aquí donde aparecen los cañonazos, los grandes despliegues, la invasión de los espacios públicos con millares de policías y soldados armados hasta los dientes, persiguiendo sombras y cerrando con su desproporcionada presencia en las calles la ecuación perfecta del terror, porque lo que persiguen los terroristas es multiplicar cuanto puedan el eco de sus acciones.
Por eso y por el tremendo despliegue de seguridad que acompaña a los grandes mandatarios, el terror ya no apunta a quienes los terroristas señalan como responsables de sus males, por eso buscan a sus víctimas en el anonimato de unos trenes, de unas estaciones, unas tranquilas terrazas en un barrio de moda, un estadio de fútbol o una sala de conciertos. Y es así porque saben que la gran injusticia que supone esa elección siembra el desconcierto y asusta más a los ciudadanos. Lo que parece ignorar es que, desde los atentados de septiembre de 2001, los gobiernos han aprendido a rentabilizar ese dolor y ese miedo. Y lo hacen.
Más allá de que el terror que padecemos ahora, aquí, en Iraq, en África o en Siria sea consecuencia de la sobreactuación de Bush que, en lugar de asumir la culpa de la descoordinación de sus servicios de inteligencia, puso en marcha todo un despliegue de leyes "patrióticas", alianzas histéricas y guerras ilegales, más allá de ello, los gobernantes de los países de su órbita, salvo el torpe de Aznar, saben ya cómo enfrentarse a estas salvajadas y lo vienen demostrando desde los atentados de hace diez días.
Sin decirlo abiertamente, sin hacer el reproche que merecería, se insinúa que en la ineficacia de los servicios de inteligencia y policiales de Bélgica está parte del origen de la tragedia, aunque insisto en dejar claro, como no podía ser de otro modo, que los verdaderos responsables han sido los fanáticos asesinos de detonaron sus explosivos o vaciaron sus kalashnikov sobre víctimas inocentes. Porque no tiene explicación que individuos fichados y clasificados como peligrosos para la seguridad por Francia y la propia Bélgica entren y salgan del país, alquilen vehículos y apartamentos, contraten hoteles y compren armas de guerra sin levantar ninguna sospecha.
Esa es la explicación del despliegue, tan desproporcionado como inútil, de las últimas horas en París y Bruselas. Enterrar en miedo y preocupación las sospechas y las dudas de los ciudadanos sobre la eficacia de sus servicios de inteligencia. Enterrar lo que podía terminar en crítica más que justificada e indignación bajo la perplejidad de unos ciudadanos que se ven privados de sus calles, sus medios de transporte y, hoy, de los colegios y las universidades, por una sospecha, más o menos fundada, y a cambio de nada, porque tras haber convertido a Bruselas durante setenta y dos horas en una ciudad fantasma, el "balance" de tanto despliegue ha sido nulo.
La estrategia que a Hollando, por ejemplo, ya le ha llevado a lo alto de las encuestas, consiste en matar moscas, o peligrosas avispas, a cañonasos, porque el ruido, convenientemente amplificado por los medios, aturde e hipnotiza a los ciudadanos, impidiéndoles reflexionar sobre el porqué de lo que ha pasado.


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