Sin ver ni escuchar, por Javier Astasio



Nunca como ayer he visto en una manifestación, y he visto muchas, tanta gente y tan diversa unida por un mismo objetivo que no es otro que dar respuesta a una política, la del gobierno de Rajoy, tan cruel y tan oscurantista como lo es la de desmantelar el estado de bienestar que tanto esfuerzo costó traer a este país y hacerlo a escondidas y, sobre todo, empeñándose en no querer ver ni oír a los ciudadanos a los que debería servir.
Esta vez me tocó vivir la marcha convocada en Cádiz, una de las zonas de España más castigadas por la crisis, y he de decir que impresionaba ver a tanta gente, más de 36.000 personas, marchar durante horas por la avenida principal de una ciudad de más de 160.000 habitantes. Fue emocionante verlos llegar´, además de en los fletados para la ocasión, en autobuses de línea abarrotados, después de toda una jornada de trabajo, desde las localidades cercanas a la capital de la provincia. Pero aún fue más emocionante verlos, acabada la manifestación, esperar pacientemente a un autobús, quizá el último, para dormir apenas unas horas y volver a tomar esos mismos autobuses o quizá otros aquellos que tienen la fortuna de conservar un trabajo. Estaban tan cansados como satisfechos y daba gloria ver la serenidad con que aguardaban ese punto final a una jornada que, aquí, como en otras ciudades españolas, ya es histórica.
Sólo la mezquindad, la ineptitud y la irresponsabilidad de un gobierno que ansío olvidar pronto ha sido capaz de justar en la calle a todos los sindicatos, tradicionalmente enfrentados, de este país. Sólo la perplejidad que produce caer en la cuenta de que Cristóbal Montoro está al frente de la caja de este país puede llenar las nuestras calles de abuelos, padres, hijos y nietos, hombres y mujeres, obreros y profesionales, médicos, policías, bomberos, trabajadores sociales, maestros, universitarios junto a sus profesores, funcionarios, amasa de casa, enfermos, pensionistas, niños, etc., todos ellos asustados y, sobre todo, muy cabreados.
Y, mientras la calle brama, el Gobierno no aporta ni un sólo dato que justifique o, al menos, explique en qué consisten los recortes que nos están convirtiendo en uno de los países más pobres de Europa. Esa misma Europa cuyos parlamentos, el alemán y el finlandés, al menos, saben más de esas medidas de lo que saben nuestros diputados, inútiles o inutilizados ante el coro de maleducados palmeros que, hace sólo ocho meses, este país regaló a Rajoy.
Rajoy se quedó ayer solo en el Congreso y en la calle. Pero no parece importarle. Para él y su gobierno, lo único importante es encontrar a quién acusar de los males que ellos mismos están agravando, y les da igual disparar contra los funcionarios, los sindicatos, los parados, los pensionistas, los anteriores gobiernos o el sunsun corda. Ellos, como el hijo de dios o su madre, María, fueron concebidos sin pecado original. Llegaron a esto limpios de polvo y paja y se creen con derecho a hacer y deshacer sin dar cuentas a nadie. Sé que acabarán pagando. Lo que no sé es si este país conseguirá recuperarse después de su paso. Especialmente con un inútil como Montoro al frente del Ministerio de Hacienda, empeñado en enseñar las cartas a los especuladores cada vez que España se la juega en el difícil póker de los mercados de deuda.


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