Si yo tuviera una escoba, por Javier Astasio



Verle ahí, como una de esas bolas de pelusa, ácaros en realidad, que se acumulan y esconden detrás de las puertas, bajo las camas o en los rincones, en lo alto de la tribuna del Congreso, hablando con sorna y desprecio de "los de la escoba" y sentir unas ganas tremendas de coger yo mismo una de esas escobas para barrerle para siempre de la vida pública española fue todo uno.
Vi al presidente de gobierno que ha acumulado más poder en sus manos en toda la democracia como basura, basura acorralada, cercado por los jueces y la opinión pública que ahora, para su desgracia, la de Rajoy, ha conseguido diferenciarse y escapar de esa otra opinión publicada por todos esos medios convenientemente engrasados mediante publicidad institucional, licencias y ayudas de diverso tipo, incluso en negro cuando ha sido preciso.
Rajoy, que ayer quiso aparecer como el Don Limpio que, con sus poderes desinfectantes, iba a dejar limpia y reluciente la política española, se vio acosado como esas sabandijas de casa antigua y cerrada que corren enloquecidas a buscar refugio en cualquier rendija cuando se mueve cualquier mueble y la luz invade el territorio que han hecho suyo. Y. por más que tratase de disimularlo, su rostro, siempre al borde de lo patético, su palidez y su mirada huidiza lo dejaron bien claro.
Debió ser duro haber tenido que mantener horas antes del debate un pulso enorme y doloroso con la entonces aún ministra Mato, la cocinera de sus campañas electorales, la amiga de sus amigos, la que sabe tanto de tantas cosas, la que escapó por los pelos de la imputación en el caso Gürtel y no se pudo librar de, como dijo el ínclito Martínez Pujalte, de haber sido pillada comiéndose el jamón que trajo su marido a casa. Fueron dos horas de "tira y afloja" con quien, como yo, no entendía por qué había permanecido al frente del ministerio después de haber metido la pata tantas veces y tan gravemente y tenía que marcharse ahora del despacho por una simple cuestión de estética.
Fueron dos horas de discusión con la ministra en la Moncloa, lo que, sumado al partido de Madrid de sus amores en Basilea y el sueño y el cansancio que tanto le afectan debieron restarle frescura a la hora de leer el discurso de corta y pega que pusieron en sus manos para subir a la tribuna.
No estuvo fresco el presidente, como tampoco lo estuvo el flamante líder de la oposición que, frente a ese Rajoy apocado y poco convincente, optó por un discurso socialdemócrata desteñido que apenas hizo mella en el correoso presidente del PP, dejando en manos de Cayo Lara y Rosa Díez los ataques brillantes a su discurso.
Fuera de la cámara, todo aquel que pudo opinar lo hizo para hablar de las propuestas de Rajoy como viejas e increíbles, sobre todo en su boca, para recordarnos que son las mismas que viene anunciando cada vez que se ve pillado en un renuncio corrupcional, sin llegar a ponerlas nunca en práctica, pese a tener en sus manos todo el poder para hacerlo. A mí, que me "tragué" con un cierto sopor la mayor parte del pleno, lo único que me llamó la atención de lo escuchado fueron esas palabras de Rajoy sobre los de las escobas, casi una advertencia a los compañeros de casta, dedicadas, no me cabe la menor duda a Podemos y a quienes consideramos desde hace tiempo votar a Podemos.
Por eso, en tiempo de aspiradoras sin bolsa e incluso sin carrito, sentí unas ganas locas de hacerme con una de esas escobas de retama, de palmito o de mijo, casi reliquias en los tiempos que corren, para ir con ella en procesión al Congreso, a la Moncloa o donde sea para acabar con tanta pelusa como vive escondida en los rincones de este sistema que quiero limpio y reluciente de una vez.


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