Se puede, por Javier Astasio


Me encantan ¡genio y figura! Me encuentro ante la página en blanco y, cuando voy a pulsar la primera tecla, escucho decir al número dos de la candidatura del PP, el jesuítico Esteban González Pons, que "los ciudadanos no han entendido", lo que evidencia que los que no han entendido son ellos, porque siguen sin darse cuenta de que casi tres millones de sus votantes les han retirado la confianza o bien, si son conscientes de ello, siguen creyendo que mintiendo y disimulando ante los ciudadanos van a lograr pasar el mal trago, a la espera de tiempos mejores.
Los resultados de las elecciones de ayer tienen muchas lecturas, en clave nacional y en clave continental y es a esta última clave continental a la que se agarra el PP cuando se proclama el único partido de gobierno que después de haber llevado a cabo reformas ganó las elecciones ayer. Se olvida de que el fin último de todo análisis electoral debería ser el de determinar quién puede o podría  formar gobierno o, en todo caso, el de obtener una proyección de los resultados en ese sentido. En ese sentido, está claro que ni la delirante gran coalición entre PP y PSOE que tanto interesa a los empresarios y de la que tanto hablan algunos, incluido el trasnochado Felipe González, tratando de justificar lo injustificable, a día de hoy no podría gobernar España, porque, sin contar con las deserciones que provocaría en las filas socialistas, una hipotética alianza entre PP y PSOE no conseguiría la mayoría necesaria para formar gobierno.
¿Qué ha ocurrido entonces? Mi opinión, fundada ante todo en mi propia experiencia, es que, por fin, hemos sido muchos los ciudadanos que, desde la izquierda, hemos abierto los ojos a la realidad al tiempo que henos cerrado nuestros oídos a los cantos de sirena que, desde Ferraz, nos hacía llegar un PSOE ensimismado y a la defensiva, con un mensaje tan poco claro como su futuro.
Al final, los ciudadanos se han mirado a sí mismos y se han visto como lo que son y nunca debieron dejar de ver que son: trabajadores asalariados, y eso en el mejor de los casos, porque una gran parte de ellos están en paro, y no esos nuevos ricos que nos hicieron creer que éramos, mientras les servíamos y hasta que nos han sacado todo el jugo y nos han arrojado a las tinieblas.
Por razones más sentimentales que otra cosa me he resistido una y otra vez a dejar de creer en quienes una vez, hace ya muchos años, emprendieron la transformación de este país. Os aseguro que, pese a que ya no me reconocía en sus líderes, siempre quise creer que se trataba de una mala racha, de una estrategia para recuperar el resuello a la espera de tiempos mejores. Pero verles poco menos que justificando, cuando no apoyando las duras medidas de Rajoy, haciendo oídos sordos a la tragedia de los desahucios, lamiéndose las heridas en su rincón, mientras la gente que decían representar era arrojada a las tinieblas. Sin embargo. "la realidad -como dice Maitena- es un efecto secundario de la falta de cariño" y el PSOE se ha empeñado en que dejemos de quererle y hemos acabado viéndole como lo que es.
Populares y socialistas, con la ayuda de los medios, con la de las televisiones chillonas y aberrantes que nos aturden en nuestras casas, se han empeñado en hacernos creer que no había vida más allá de sus siglas, que votar lo que no fueran sus siglas era tirar el voto. Lo han hecho, lo ha hecho el mismo Rajoy al que, a estas horas, aquellas palabras le deben volver como un reflujo. 
Pero esta vez la gente se ha atrevido. La gente ha recordado sus orígenes o ha recordado la ilusión de aquel 15-M que los dos grandes creían haber conjurado con aquellas municipales que apuntalaron un sistema que comenzó  tambalearse. Ayer, el espíritu de aquellos días volvió y volvió materializado en votos, votos que, a estas horas, revolotean en los sanedrines de PP y PSOE, votos con los que en adelante habrá que contar, porque, si en sólo cuatro meses una fuerza como PODEMOS, sin medios pero con todo ese entusiasmo, ha podido hacerse presente como lo ha hecho en las urnas, con medios y tiempo pueden poner patas arriba, por ejemplo, el Ayuntamiento y la Asamblea y de Madrid, que podrían volver a la izquierda, que nunca debió perderlos.
Las elecciones de ayer demostraron que todo tiene un límite, que el bipartidismo no es una maldición eterna, aunque sí una maldición y, sobre todo, que SE PUEDE.


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