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SE PIERDE UNA MINISTRA, por Javier Astasio

 
Nuestro idioma encierra una magia que, a veces, nos juega malas pasadas o, quién sabe, nos da la ventaja de encerrar en las mismas palabras dos significados bien distintos. Eso es, precisamente, lo que ocurre con el título escogido para esta entrada ”Se pierde una ministra" que lo mismo vale para el roto que la propia ministra se hizo al aceptar, consciente o inconscientemente, las ventajas trampa que puso a su disposición el tenebroso Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos, ventajas trampa que seis años después han acabado con su dimisión como ministra de Sanidad, que  para el descosido que deja a la sanidad pública, de la que siempre ha sido ardiente defensora, como demostró en su etapa como consejera del ramo en el gobierno valenciano y ahora en el de la Nación.
Se ha perdido, se perdió, la ministra haciéndose cómodamente con un máster que no necesitaba en unas condiciones ofensivas para el resto de sus compañeros de estudios y para la universidad que expedía el título. Se perdió cuando, al margen de aceptar esas insultantes ventajas, hizo lo que desde que se inventó el "corta y pega", hace un importante porcentaje del alumnado que para superar alguna de sus asignaturas no tiene más que entregar un trabajo que, después, el profesor lee o no lee. Y, si digo esto, es porque la misma molestia que, supongo, se tomó La Sexta o quien informase del plagio a La Sexta de hacer búsquedas en la red con párrafos del trabajo de la ministra, hasta que sonase la flauta de la equivalencia idéntica con otros párrafos de trabajos ya publicados, porque dónde estaban esos profesores, cansados de saber que reciben  trabajos impecablemente encuadernados más propios de costureras que de alumnos investigadores, porque un profesor debería reconocer la capacidad de expresión y los conocimientos de sus alumnos.
Se perdió a sí misma con su máster la ministra y se perdió, para todos nosotros, una ministra que se había propuesto devolvernos lo que, al Partido Popular, agazapado tras la coartada de la crisis, nos había arrebatado. Porque, aunque no se ha hablado de ello tanto como de su máster, Carmen Montón, al frente de la Consejería de Sanidad Universal y Salud Pública, un nombre cargado de compromiso, desprivatizo los hospitales que Zaplana regaló a constructoras y los valencianos pagaron, año tras año, más caros que si hubiesen sido atendidos en una lujosa clínica suiza. Perdemos una magnífica ministra, probablemente la mejor posible, que, a su llegada al Paseo de Prado, devolvió la asistencia sanitaria a todos lo que se encuentren en España, incluidos inmigrantes, parados y a esos españoles emigrados por la crisis a quienes el PP por miserables razones economicistas se la había negado. Lo último que se sabe de su gestión, conocido al tiempo que sus irregularidades académicas, es ese plan para atajar el suicidio que alcanza en España una cifra de varios millares de "víctimas" al año, plan que, junto a la eliminación del copago sanitario, se encargará de culminar su sucesora, médica como ella, María Luisa Carcedo.
La prensa, en este caso eldiario.es, ha añadido una nueva muesca a su revólver, pero nosotros hemos perdido una ministra, una ministra que no acabará como tantos otros cargos dimitidos o cesados de la Sanidad en una farmacéutica o una empresa del ramo como Capio o Quirón. Y si no acaba en ellas, es porque, en las escasas semanas que ha permanecido en el cargo, ha trabajado para los ciudadanos y no para los tiburones del capital que ven nuestra salud como una apetecible presa para sus fauces.
Se ha perdido una ministra y se ha perdido por una estupidez, por una nimiedad, si se compara con su trayectoria política y profesional. Y que conste que no digo que no deba ser así, porque la decencia y la honradez es, si no lo único, sí lo que más debemos defender los ciudadanos. La ministra, insisto, se equivocó y se perdió, pero, con ella, nosotros, los españoles todos, hemos perdido una buena ministra que sólo deseo que nos ayude a olvidar a su sucesora María Luisa Carcedo, mientras Casado (y cierra España) seguirá arrastrando la vergüenza de su máster, dentro de unas semanas en el Supremo, sin siquiera haberse plantado la dimisión.
Se ha perdido una ministra, como se perdió un ministro, el de Cultura Maxim Huerta, Dos en los apenas cien días que lleva Sánchez en el Gobierno, no porque los ministros de Sánchez sean peores o menos honrados, sino por todo lo contrario, porque, para contar los ministros, no ya del PP, sino sólo de Rajoy, no bastaría con los dedos de las dos manos.
 
 
 

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