Satisfecho, por Javier Astasio

 
 

A veces pienso que la ideología de Rajoy no hay que buscarla en la derecha ni mucho menos, claro, en la izquierda. Lo que pienso a veces y cada vez más es que la verdadera ideología del registrador de la propiedad que tenemos por presidente es el surrealismo o, mejor dicho, el absurdo. De no ser así, cuesta creer que el señor Rajoy lea los periódicos o los resúmenes de los mismos que cada mañana le preparan, cuesta creer que haya visto un solo telediario en los últimos catorce meses, porque, de no ser así, sólo cabe explicarse su actitud como un absurdo e insoportable gag de una película inédita de los Hermanos Marx: "Una legislatura en la Moncloa", por ejemplo, en la que pase lo que pase, el señor de la media barba va a decir lo que le venga en gana, así se le venga, se nos caiga, el mundo encima.

Porque es real, es doloroso. Pero, si sólo fuésemos espectadores de una de esas sesiones dobles de aquellos cines de barrio de antaño, sería divertido escuchar este trabamentes que Rajoy nos regaló ayer en Loja: “Hemos hecho unas previsiones conservadoras para ser creíbles. Pero las hemos hecho con el objetivo de superarlas y de que vayan mucho mejor”, una ingeniosa pieza que se acerca a aquella, soberbia, de Groucho, si es que no la supera en absurdidad, que comienza por "la parte contratante...".

Sería divertido, si no fuese tan doloroso. Porque doloroso fue ver a esos tres ministros, el viernes, a punto de hacerse pis de vergüenza como parvulitos que no saben la lección ante la pizarra, divagar y llenar el aire de palabras vacías y tautologías, cuando lo que se esperaba de ellos era un cambio de rumbo, una nueva estrategia que nos aparte de esta senda que nos lleva derechos al abismo.

Aunque, bien mirado, lo de Rajoy, ayer, también tuvo mucho de cinismo descarado. Lo tuvo, sobre todo, viniendo de quien lleva cerca de dos años mintiendo a los ciudadanos un día sí y otro también y que, pese a ello, fue capaz de decir lo que sigue sobre unas previsiones, las que hizo el gobierno el viernes, cuando aún se oía el eco de otras totalmente contrarias: “Podíamos haber hecho otras previsiones´-dijo ayer Rajoy-, pero creemos que es mejor explicar la realidad, que decir otra cosa y que luego tengamos que contar que ha habido un millón de parados más de los previstos. Eso no es jugar limpio con los ciudadanos, y por eso no lo hemos hecho”.

Frente a este estrepitoso fracaso, al presidente del gobierno sólo se ocurre pedirnos paciencia, dar por fracasada la legislatura que abordó con la mayoría más absoluta de las últimas décadas y decirnos que la solución vendrá después, un hábil juego de manos por el que atribuye la culpa del fracaso presente a quienes le precedieron y se apunta para el futuro el éxito de quienes consigan sacarnos de ésta.

Y por si todo lo anterior fuera poco, el más irresponsable y vago de los jefes de gobierno que ha tenido España en democracia se permitió defender a los tres tristes payasos que dieron el viernes la cara por él: “No voy a hacer ningún cambio en el Gobierno. Estoy muy satisfecho del trabajo que están haciendo los ministros del área económica y los demás, de su esfuerzo, coraje y pundonor...”

Está satisfecho de que, con ese equipo y desde que llegó al gobierno, tres mil españoles hayan pasado cada día a engrosar las filas del paro. Está satisfecho de que quienes aún trabajan o encuentran trabajo tengan cada vez menos salario y menos derechos. Está satisfecho de que la Sanidad, la Educación y el Estado de Bienestar se estén deteriorando, si no hundiendo, por su política.

Pues, señoras, señores, estar satisfecho ante este panorama es de ser muy imbécil, muy mala persona… o las dos cosas al tiempo.
 
 

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