¿Saben lo que hacen?, por Javier Astasio

Siendo generoso, uno podría llegar a pensar que hay una inquietante dosis de malicia en los pasos dados por el Gobierno en torno a la crisis de Bankia. De no ser así, va a resultar que tenía razón el líder de la oposición cuando se refirió no hace tanto al gobierno de la Nación como un atajo de pollos sin cabeza corriendo enloquecidos de un lado para otro.

Todo lo actuado en torno a lo que fue Cajamadrid sólo tendría sentido si con esa cadena de silencios, rumores, filtraciones, desplantes, ataques de cuernos, más silencios, más rumores y preocupantes tomas de decisiones que más parecen fruto de la improvisación que de un análisis frío y sensato de la penosa situación por la que atraviesa una entidad dirigida por el hombre que propuso el PP madrileño, para suceder a Miguel Blesa, un caradura, según muchos, convenientemente indemnizado, cuyo principal mérito para el cargo parecía su amistad con osé María Aznar y que se encargó de rebozar Cajamadrid en la harina envenenada de la burbuja inmobiliaria.

Todo lo hecho y cómo se ha hecho sólo tendría sentido si con ello se pretendiese beneficiar a quienes, sin duda, se habrán beneficiado del acoso a la bolsa y la deuda españolas desatado después de que se conociese la poco airosa salida de Rodrigo Rato. Si no, más vale salir a la calle con chichonera, porque nos van a llover golpes de todos lados.

Quién dirige la política económica del Gobierno. Quién la coordina, si es que alguien la coordina. Qué sabe Rajoy de Economía. Por qué no le echa el coraje suficiente -cuajo lo llamó él- para enfrentarse a una rueda de prensa en condiciones. Por qué a lo largo de estos meses han tratado de que los españoles de a pie nos sintiéramos culpables de la situación, cuando sabían de sobra qué estaba pasando.

Uno tiene derecho a pensar que todos los tijeretazos dados a la sanidad, la educación, el poder adquisitivo de los jubilados y la investigación o las subidas previstas o aprobadas en impuestos, transportes, tarifas de servicios esenciales o tasas municipales tiene como único fin cubrir los miles de millones de euros que el Estado tendrá que inyectar en los carcomidos cimientos de Bankia.

Nos han engañado y lo han hecho conscientemente. Nos han ocultado lo que todos sabían y hoy mismo confirma, en un amplio reportaje sobre la figura de Florentino Pérez, el New Yok Times: que el problema de España no es de deuda pública, sino privada.

Durante todos estos años, directivos de banca sin escrúpulos nos han empujado a suscribir hipotecas sobre pisos tasados muy por encima de su precio real de mercado, al tiempo que nos sugerían que nos comprásemos un coche, casi siempre alemán, con el remanente del préstamo que nos concedían con una facilidad pasmosa gracias el dinero que los bancos pedían, a su vez, prestado a bancos que, qué casualidad, solían ser también alemanes.

En mi opinión, todos estos pollos sin cabeza, perplejos y cariacontecidos, son, fundamentalmente, torpes. Lo malo es que eso no puede servirnos de consuelo, porque, como bien saben los que saben, es menos peligroso un malvado -hijo de puta, reza el dicho- que un tonto, porque, al fin y al cabo, los malvados duermen.

De momento, los que saben sacar partido a estas cosas, los grandes especuladores, son, esta mañana, un poco más ricos que ayer.


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