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RuFIÁN, por Javier Astasio

 
Algún día, al menos eso espero, acabaremos por darnos cuenta del tiempo que nos ha hecho y nos hace perder este personaje, encantado de haberse conocido, que prácticamente todos los miércoles pone su tenderete en su escaño del Congreso, intentando hacernos ver, creo que inútilmente, lo hábil e ingenioso que puede llegar a ser en la inútil tarea que se ha impuesto de hacer perder los nervios a un personaje tan parsimonioso como Rajoy o, en su defecto, a sus ministros.
El personaje, necesitado de uno o dos hervores más para resultar interesante, no pasaría en un sainete de Arniches o los Quintero de ser ese jovenzuelo díscolo y sin sustancia, ese personajillo, normalmente desocupado, que, desde un segundo plano, lanza sus pullas o ríe las gracias a unos u otros, al que el resto de personajes se refieren como "pollo".
Y eso o poco más es Gabriel Rufián, diputado de Esquerra Republicana de Cataluña, compañero de escaño de Joan Tardá, con cuya actitud tiene poco o nada que ver la suya, al que, me temo, habrá sonrojado más de una vez, una especie de bufón, necesitado de aplauso. al que los medios de comunicación, más dados al chispazo que a la luz han elevado al altar de la popularidad habiendo hecho poco para merecerlo.
Rufián sabe de sobra que esas reglas que desprecia cuando se presenta en el hemiciclo con una impresora, cuando saca de su mochila unas esposas justicieras o cuando ejerce el corta y pega con frases que no son suyas y que aún resuenan dichas por otros en el salón de plenos o se pueden leer en el diario de sesiones, cuando recurre, con voz de cow boy malote, como un Sam Spade aficionado, sabe de sobra que esas mismas reglas que se salta le protegen y le permiten seguir con sus payasadas, miércoles sí,  miércoles también.
Lo mal es que eso que la primera vez tomamos por vistosos y divertido, eso que quizá aplaudieron algunos, acompañando su batir de sus manos con un "ya era hora", ese show, por repetido y falto de trabajo y sustancia, acaba por aburrir, al menos, hablo por mí, a este lado del Ebro. 
Es una pena, pero no es su culpa que ocurra, la culpa está en quienes, ante la dificultad que conlleva relatar con un poso de sentido el contenido de una sesión de control al gobierno, por ejemplo, se limitan a contar el fogonazo de turno, fogonazo que se repite una y otra vez,  en los titulares o en las informaciones y queda en los archivos, a disposición de quienes han hecho del tejido de todas esas salidas de tono, más o menos ingeniosas o divertidos, todo un oficio que da sentido a su profesión y su sueldo.
Rufián es joven aún y está en el Congreso de los Diputados para lo que está, para hacer volatines delante de Rajoy y su gobierno, para ser la "mosca cojonera" que reconforte a quienes desde Cataluña se sienten maltratados, no siempre sin razón, por lo que llaman, esta vez sin razón, Madrid. Habrá que ver como "envejece" este joven diputado, experto en selección de personal, que ha llegado a compaginar su activismo social con trabajar para una empresa especializada en subcontratas. Habrá que ver, dentro de unos años, qué queda de su arrogancia, su altisonancia y, sobre todo, de esa moda imposible que pasea sobre las alfombras del Congreso.