RITA Y EL RUIDO, por Javier Astasio



Cuando ayer supe de la muerte de Rita Barberá, me llevé la sorpresa de que sólo tenía sesenta y ocho años. La verdad, nadie que no tuviese la información podía pensar que esa mujer apagada y triste que accedía el lunes al Tribunal Supremo para darse por fin de bruces con la Justicia era aún tan joven. Y sin embargo lo era, pese a que los últimos meses de su vida, a causa quizá del abandono de los suyos, habían pasado por su cuerpo y por su rostro como años.
Rita Barberá fue una mujer excesiva y no siempre supo ocultar sus excesos. Y todos, a estas alturas de la vida, deberíamos saber que los excesos, antes o después, se pagan. Quizá por eso, a la que fuera alcaldesa de Valencia durante un cuarto de siglo, con toda su soberbia y su dureza, que fue mucha, se le hizo muy cuesta arriba sobrellevar el vacío a que fue condenada, también sin juicio, por quienes la citaban como la mejor alcaldesa que ha tenido Valencia -que yo sepa fue la única- llegando, incluso, a concederle sin ningún tipo de consenso el "título" de alcaldesa de España alcaldesa de España.
Era mucho lo que le debían, lo mismo como partido, porque ella, pactando con Unió Valenciana, le arrebato a los socialistas la alcaldía, pese a ser la del PSV la lista más votada, levantando el primer fortín para la conquista para la derecha de un territorio, Valencia, que tradicionalmente había sido, antes y después de la dictadura, de la izquierda. Después vendrían los negocios, la financiación bajo sospecha de su partidos, las faraónicas obras, no siempre necesarias de la ciudad, los calatravas y sus goteras, la Fórmula Uno pagada a precio de oro y revendida de mala manera por un único y tramposo euro, También la escandalosa visita del papa Benedicto XIII, en medio d ella tragedia del metro, de la que muchos de los que hoy lloran a su alcaldesa, sacaron partido a costa de la liquidada televisión pública, Canal Nou, que, una vez cumplida su función de propaganda y saqueo, fue llevada a negro y sus trabajadores puestos en la calle.
La cosa es que, de Valencia, no sólo llegaban las naranjas y el AVE. También llegaron los apoyos que necesitó Rajoy para asaltar Génova, oficiado en un congreso del partido, en el que Rita Barberá no sólo fue anfitriona, sino que se convirtió en muñidora del acuerdo necesario para que su amigo Mariano escalase la cumbre del partido y del gobierno, algo por lo que el hoy presidente conservó, aunque en los últimos tiempos en privado, el afecto por la que fuera su gran apoyo. Y lo conservó hasta el punto de que, ayer, aturdido quizá por la noticia, Rajoy reveló que conversó con la misma militante a la que forzó a macharse del partido poco antes de su penosa declaración voluntaria ante el Supremo.
Está claro que el PP no había sido justo con aquella a quien ayer lloraba desconsolada y, por qué no decirlo, hipócritamente. Del mismo modo, estoy seguro de que con su sobreactuación trataba de mitigar su maña conciencia por haber utilizado su cadáver, entonces sólo metafóricamente político, para levantar la barricada donde protegerse de la que le está cayendo. Un comportamiento hipócrita y desmedido que llevó al ministro de Justicia de todos los españoles a acusar al aparato del Estado, jueces y Policía, a la oposición y a los medios de comunicación de haber organizado una cacería a la que, taimadamente, atribuyó la muerte de la ex alcaldesa. La misma hipocresía del más verborréico que nunca ex ministro Margallo, que contó una y otra vez todo el cariño que sentía por la que fue su amiga y todo lo que le dijo, promesa de cena incluida, en el apenas un segundo que duró el beso forzado que le pidió una Rita desconsolada y sola, en la solemne sesión de apertura de la legislatura.
En fin, una vergonzante y falsa representación de una solidaridad, que se habría vuelto contra los fingidores de no haber mediado el irreflexivo gesto de Unidos Podemos que sigue sin entender que, cuando lo que se hace hay que explicarlo demasiado, es porque lo que se hace está equivocado. Y creo que ni me equivoco ni me invento nada, porque ayer mismo, antes de conocerse el fallecimiento de Rita, Pablo Iglesias explicaba que su renuncia a interrogar a Rajoy en la sesión de control, buscaba no eclipsar su interpelación al ministro de Industria sobre Pobreza Energética.
Creo que Iglesias se equivocaba, como se equivocó al sobreactuar en su rechazo a guardar el minuto de silencio por la senadora. Fue tanto el ruido provocado que lo desenfocó todo y dio pie a que las hienas del PP, donde las dan las toman, señor Hernando clavasen sus dientes en ellos y, de paso, en los medios, ocultando su propia falta de piedad con la fallecida.

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