Retratos balcánicos: Dragan, por @BorjaDiazMerry

   Saluda desde la distancia mientras deja escapar una sonrisa. El reportero quiere fotografiar su establo y sus animales y él no deja de sorprenderse. "No tienen nombre, sólo son vacas", responde con una carcajada ya dentro del establo.
Los establos de Dragan, La Trinchera con el apoyo de Reporter Academy

   Dragan tiene unos 50 años y unas manos poderosas. Vive en Sase, un pequeño pueblo de la República Srpska próximo a la frontera de Bosnia con el país que hace 20 años lideraba la antigua Yugoslavia.
   Su apretón de manos es firme sin llegar a intimidar. Lo  acompaña con una nueva sonrisa, parece sincera y amable, y con una invitación a sentarse a su mesa de verano en la terraza del hogar.
   No duda en abrir las puertas de su finca. Muestra orgulloso su vaca lechera y sus dos cerdos sonmnolientos y vagos. Su tractor de la antigua Yugoslavia también le enorgullece, asegura que sigue funcionando como el primer día.

   Dragan abre el diálogo tras poner sobre la mesa una botella de 'propors', un licor que él mismo destila, de mayor gradación que la conocida rakia y pero suavizado con un ingrediente poco habitual, leche de cabra.

   Su familia se suma a la mesa. No falta ninguno. La madre y la abuela deciden situarse en segundo plano pero escuchan la conversación. Sonríen, asienten y preguntan en bosnio al cabeza de familia para que aclare algunas cosas de la charla.


   La hija, una niña rubia y con los mismos ojos azules que su abuela y Dragan, se muestra más vergonzosa. Al principio se resiste a ser retratada, sólo al principio. Entiende la conversación pero prefiere no poner en práctica el inglés que ha estudiado en la escuela. 

   El reportero pregunta al padre por la cruz ortodoxa que él y su hijo lucen en el pecho. Dragan responde con soltura, le gusta explicar la historia de ese símbolo y dibuja un croquis para ilustrar el devenir de esa cruz y los detalles que ha heredado de otras cruces cristianas.
   "Has visto ese coche", le pregunta al reportero en un momento dado de la charla. La conversación da un giro de 180 grados pero el tono sigue siendo sosegado y sincero, sobre todo sincero. Dragan cambia su expresión conforme relata los hechos. Un día su padre salió con ese coche y nunca más volvieron a verle. "Le cortaron el cuello. Le tiraron en el monte", asegura.
   "¿Fueron los hombres del general Oric?". Dragan asiente, baja la mirada para reflexionar, repite el gesto con la mano para ilustrar que le rebanaron el cuello y decide no dar más detalles. Dice que nunca encontraron su cadáver. Su padre fue asesinado hace más de 17 años y todavía no pueden rezar ante sus restos mortales.
   Cada 12 de julio, un día después del funeral colectivo por las víctimas del genocidio de Srebrenica, Dragan y su familia asisten al memorial que la comunidad ortodoxa celebra a pocos kilómetros de allí en el principal cementerio serbio de la región para recordar a sus muertos de la guerra. 

   La ceremonia es radicalmente opuesta al funeral colectivo de Srebrenica, no son en ningún caso actos comparables. Hay recuerdo, dolor y recogimiento, pero no el desgarro que transmiten los musulmanes en Potocari al recuperar los cuerpos de los suyos casi 20 años despúes del genocidio. Sólo hay una característica común: las familias permanecen unidas cuando recuerdan a sus fallecidos. 
  Dragan muestra al periodista la fotografía de su padre en el monumento memorial de la iglesia de Srebrenica y llama a su familia para que vean el rostro del abuelo que nunca volvió. Se alegra de que el reportero haya podido ver también el memorial de los serbios, un recuerdo del dolor que les dejó la guerra.
   Antes de despedirse, Dragan no deja pasar la oportunidad de servir otro vaso de licor a su invitado. "¿Has estado alguna vez en Japón?", le dice, mientras le enseña con una amplia sonrisa una imagen en la que aparece ataviado con un kimono tradicional.

   Dragan sueña con volver con su familia al país del sol naciente. Recuerda su periplo por Tokio y la ilusión de su relato se transmite a quien le escucha. Se despide con otro efusivo apretón de manos. 
   Sus hijos prefieren acompañar en el camino al reportero. Tienen sus ojos, parece también que heredan su ilusión. Se despiden con una sonrisa idéntica. Habrá tiempo para todo en los Balcanes. No para más guerras.

   

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