Regenerar o reconstituir, por Javier Astasio

 
 

A estas alturas creo que nadie duda ya de que la democracia española está enferma, muy enferma. Por desgracia, le ha ocurrido lo que a muchas personas: ha pasado de la más absoluta lozanía, no ya a los achaques, sino a estar postrada, incapaz ya de llevar una vida siquiera normal. Tanto es así que los ciudadanos comienzan a verla como una apestada, aquejada de los peores males y, lo que es peor, de los peores hábitos.

Hay ahora quien comienza a hablarnos de regeneración y, como le ocurre a Iñaki Gabilondo, me da escalofríos sólo pararme a pensar en quién habla de esa regeneración y se propone como timonel de la singladura, porque, quien se ofrece y propone es Esperanza Aguirre, a la que le estalló la trama Gürtel bajo los pies -he optado por el término más fino- cuando parecía sólo un asunto del PP madrileño. Quien quiere conducirnos hacia la luz es la misma señora que, como se acaba de acreditar -tarde ya, porque ha prescrito el posible delito- gastó cuatro millones de euros en su penúltima reelección, cuando, por ley, sólo podía disponer de un millón seiscientos mil. Quién nos habla de regeneración y limpieza es la misma que, al alcance de un micrófono que creía cerrado, preguntaba a Ignacio González, hoy su sucesor y entonces mano derecha y posible receptor de lo más sabroso del escandaloso espionaje detectado en el gobierno madrileño "qué tenemos contra éste". Da miedo oírla, mucho miedo.

Lo de la regeneración no es nuevo. Ya se intentó en la España del XIX, cuando, al final de las guerras carlistas, que todo lo tapaban y todo lo justificaban y a las que hay quien asimila el terrorismo de ETA, afloraron, no sólo la miseria en que vivían la mayoría de los españoles, sino la corrupción que asfixiaba a quienes deberían sacarles de ella. Está claro que Joaquín Costa y quienes se sumaron a su pensamiento no obtuvieron el éxito que, ellos sí, merecían, porque España continuó hundiéndose en su "vivan las cadenas" y su "que inventen ellos", como lo estamos ahora gracias a los compañeros de viaje, incómodos o no, de doña Esperanza.

En medicina se habla de regeneración como lo opuesto a la corrupción y el término podría ser válido si, en el caso de la política española, estuviésemos hablando de un tejido dañado por una infección superficial y ocasional, pero mucho me temo que la infección es mucho más profunda y antigua, sistémica le dicen los exquisitos, convertida ya una gangrena, de al que las más de las veces se sale con la imputación.

Es muy difícil pensar que, en un sistema de partidos como el español, en el que el poder y, por lo tanto, la orientación de sus acciones van de arriba a abajo, las cúpulas de estos partidos, con uno o más esqueletos en sus armarios el que más y el que menos, vayan a poder "regenerarse", reinjertando en ese tejido dañado células ya desechadas y amortizadas como la propia Aguirre o el inestable y sombrío Aznar para salvarnos.

Yo prefiero, por seguir con los términos médicos, un reconstituyente, una serie de medidas que aporten al cuerpo enfermo de nuestra democracia todo aquello que no tiene y cuya carencia ha permitido que florezcan las infecciones. Efectivamente, estoy pensando en una nueva constitución, en una refundación del estado. Una de esas refundaciones que tan buen resultado han dado en Francia ante las grandes crisis, como el ocaso del gaullismo con Pompidou. Estoy hablando de que los representantes del pueblo español tengan la generosidad, que equivaldría al sentido de la realidad que tuvieron, consciente o inconscientemente, las cortes franquistas, para convocar unas elecciones, distintas e ilusionantes, que den paso a un nuevo proceso del que salga otra constitución, nueva o profundamente reformada, que permita el afloramiento y la participación de la potente y desilusionada sociedad civil española en la gobernanza del Estado.

No se trata de implantar injertos ni prótesis sobre el muñón democrático. Se trata de aportar a tan dañado organismo el cóctel de vitaminas y elementos para la decencia que le permitan ponerse en pie y salir a la calle a enfrentarse con el futuro. Creo, parafraseando a Clemenceau, que la política es un asunto demasiado serio para dejarlo sólo en manos de los políticos.
 
 
 

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