¿Reformar el traje?, por Javier Astasio

Erase una vez un país al que, de repente, comenzaron a apretarle las costuras del, hasta entonces, cómodo traje que vestía. Y no era porque e lpaís hubiera engordado más de lo debido. Tampoco porque el traje hubiese encogido por el uso. Simplemente, a quienes cada día tenían que decidir qué ponerse ese traje amplio, sin entalladuras ni estrecheces, ya no le parecía suficientemente a la moda.
Habrá que recortar de la cintura, habrá que cogerle pinzas al pantalón, habrá que estrechar la chaqueta, recoger las hombreras, decía el sastre. Y, mientras, los hombros, la cintura, los brazos y los muslos, que durante tanto tiempo habían dado vida al cuerpo que se ponía el traje,comenzaron a preocuparse porque no iban a caber dentro de él y porque, con la reforma,perderían libertad de movimientos.
El traje que llevaba ese país, y que, afortunadamente,todavía lleva,  cumple más de una función y una de las más importantes es la de dar cobertura, proteger y abrigar a la totalidad del cuerpo. Tanto a esos hombros de los que nos sentimos orgullosos,como a ese michelín que cada día nos pesa más. Meter las tijeras y reformar puede ser una solución, pero con cuidado, porque, si esas  tijeras alcanzan a la piel que hay bajo el traje o  a la carne que cubre y la hieren,habrá sangre y la sangre arruinará el traje.. Y no tenemos otro. Aunque, pensándolo bien, quizá haya alguien interesado en sacar partido a las piezas más apetitosas del traje.
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