Rebajas, por Javier Astasio


Érase una vez un país en el que, durante muchos años, los trabajadores, que casi todo lo que cobraban lo cobraban a través de sus nóminas, después de haberles sido retanido el IRPF y descontados los gastos de Seguridad Social, soñaban con una tranquilidad futura, construída con ese sacrificio, pequeño o grande, que realizaban cada mes.

Ese país del que os hablo llegó a tener una red de sanidad pública, hospitales y centros de salud, tan eficaz y avanzada que eran muchos los ciudadanos de la fría Europa del Norte que decidían aliviar sus males o venir a pasar sus últimos años, entre quienes habían logrado el milagro.

Érase, también, una vez un país, el mismo, que se había esforzado en llevar colegios, institutos y universidades, allá donde vivían sus ciudadanos, para que, al sacrificio de estudiar, no hubiese que sumarle el de pagar una pensión, un colegio mayor o mantener un piso, en una de esas grandes capitales que siempre han tenido de todo. Érase, en fin, un país en el que los niños de los barrios más humildes tenían la oportunidad de estudiar para, entre otras cosas, merecer ir a esas universidades sin separarse de sus vecinos y sin que sus padres se viesen obligados a sacrificios insalvables.

Pero érase, al mismo tiempo, un país en el que quienes siempre han pagado carísimos médicos y selectos colegios "de pago" empezaron a cansarse de que llegasen a ingenieros los hijos de los taxistas, albañiles, campesinos o tenderos, por muy listos que fueran, y de que las piedras de la vesícula de una señora de la limpieza se extrajesen con la misma técnica y los mismos buenos resultados que las suyas en un hospital público.

Qué se habían creído. Para qué habían explotado y especulado tanto papá y el abuelo. Para qué tantos años excluyendo a quienes no tenían casa en Marbella o caballos en la sierra. Cómo iban  a tolerar el riesgo de que a la niña de sus ojos la preñase, perdón, dejase embarazada, uno de esos universitarios de primera generación sin desbastar del todo. Cómo consentir, eso casi sería peor, que la niña se enamorase de uno de ellos, en vez de salir y prometerse con el hijo del socio de papá. O que el heredero se prendase de una deslenguada compañera de facultad, de esas que nunca han pisado una tienda exclusiva de la calle Serrano y se perfuma con agua de lavanda, en lugar de hacerlo con carísimo chanel.

A los que siempre lo han tenido todo nunca les ha gustado, ni aún con Franco, eso de la igualdad de oportunidades. Por eso, ahora que las malas decisiones de los amigos "de casa", banqueros y constructores, están poniendo en peligro la continuidad de ese sueño inaceptable, es el momento de acabar definitivamente con él y si, además, se puede, sacar partido a ese "rastrillo" de lo público que están propiciando y organizando los vecinos de la lujosa y exclusiva urbanización en la que viven.

Comprar muy baratos colegios y hospitales levantadis con el esfuerzo de todos, ahora que se van a subastar como se subastan los pisos de los deshacíamos.

O sea, hacer lo de siempre: engordar el patrimonio propio con el sudor y los sueños de los de siempre.

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