Razones y manipulación, por Javier Astasio

 
 
Escucho a Jordi Pujol en una larga entrevista radiofónica y vuelvo a ver en él ese gran estadista que siempre fue y caigo en la lógica tentación de compararle con Artur Mas, su sucesor al frente de CiU y, ahora, de la Generalitat, y compruebo que, por desgracia, esa comparación no es posible.
Sé perfectamente que uno y otro tienen mucho en común. De hecho Mas fue elegido por Pujol para sucederle frente a Miquel Roca para sucederle. Tampoco ignoro que los gobiernos del viejo líder del nacionalismo catalán estuvieron salpicados por la corrupción, ni que el victimismo nacionalista fue también enarbolado cuando le pareció preciso para cerrar filas en el nacionalismo a la hora de acudir a las urnas, ni mucho menos que su discurso estuvo demasiadas veces teñido de xenofobia.
Sin embargo, cuando les veo juntos a uno y al otro, al impecable Más, casi un galán, y al hombrecillo añoso, siempre carraspeando y nunca erguido que es Pujol, resulta evidente que no todo es altura física ni elegancia de sastre y asesor de imagen. La altura de Pujol es, si no moral sí intelectual, y sus palabras merecen un respeto que no siempre merece el discurso errático de Artur Mas.
Nada podía haber peor para los catalanes que honestamente creen en la independencia de Cataluña y esperan alcanzarla algún día, que ver su sueño atrapado en las redes tramposas de Artur Mas, porque lo más probable es que esa redes acaben por romperse, echando a perder los sueños, como se pierde la pesca cuando se pierde una red en el mar. Demasiados sueños flotando maltrechos en el proceloso mar de la política española.
Pujol lo explica muy bien. Pujol explica a la perfección el porqué del resurgimiento del sentimiento nacional en Cataluña plasmado en la pasada diada. Y lo resume en un solo episodio. Un episodio que no es otro que aquel "arreglo" con que el Tribunal Constitucional quitó todo sentido a la reforma del Estatuto de Autonomía. Y no me extraña, aquello me cabreó y me dolió también a mí, aquí en medio del páramo mesetario, y no me extraña que hiciera otro tanto con quienes tanta ilusión habían puesto en ello y que se sintieron engañados y frustrado por lo que Pujol ha calificado de "vergüenza".
Por eso Pujol, uno de los pocos líderes políticos españoles vivo que conoció las cárceles franquistas, asegura que hoy votaría sí en un referéndum por la independencia, pese a que - y lo ha dicho en más de una ocasión- ve muy difícil, si no inviable hoy por hoy, esa independencia.
Frente al sentido común de Pujol, frente a la razón que a mi modo de ver le asiste, Mas aprovecha la más mínima ocasión para envolverse en la bandera o, lo que es peor, para echársela a la cara a los catalanes, impidiéndoles así comprobar por sí mismos la realidad económica y social de su país y cuál es el origen del cierre de hospitales y centros de salud cerrados o las nóminas de escuelas sin pagar, cuando se siguen subvencionando actividades, si no absurdas, sí al menos innecesarias en este momento. Actividades, como, por ejemplo, su absurdo e improductivo viaje a Moscú.
Frente a las razones de Pujol, Mas, un producto más del marketing político, se ha especializado en la manipulación. Por eso se envuelve en la bandera, por eso llama al apoyo ciego de los catalanes en un "a mí la legión", en el que lo que menos importa es qué ha hecho el legionario y lo que más que es legionario.
Lo escribí ayer cuando comenté en FB su lastimero discurso pidiendo la mayoría absoluta para los próximos cuatro años: Mas se ha encerrado en un callejón sin salida y quiere tomar como rehenes de su causa a cuantos más votantes mejor, para luego utilizarlos como escudo humano cuando todo vaya mal y el sueño se esfume.
 
 
 
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