Rajoy es el pasado, por Javier Astasio



Si alguien quisiera investigar la teoría de cuerdas, con sus universos paralelos y sus agujeros de gusano no debería dejar de aprovechar la oportunidad que le brinda Mariano Rajoy, la prueba más evidente de que los universos paralelos existen, porque él mismo vive en uno, aislado del nuestro, al que de vez en cuando se asoma a través de uno d esos agujeros que podrían llamarse "de Mariano", a través de pantallas de plasma o ruedas de prensa compartidas con colegas de otros países, porque, si por él fuese, no saldría de su particular "mundo de Yupi" ese en el que vive, ese que yo imagino en un cuartito cerca de su despacho, con la colección del MARCA bien encuadernada,  un buen acopio de puros en su justo grado de humedad, la historia en imágenes de su Real Madrid, un tablero para ensayar alineaciones, algún aguardiente gallego y una suave manta para las eterna siesta en la que vive.
Mi madre diría de él, a veces lo dice, que tiene mucha pachorra, que parece darle igual ocho que ochenta y que tiene la sangre de horchata, no como su amiga Rita que parece beber cualquier cosa que no sea el rico caldo de las chufas. Cómo, si no, se explica el desapego del, espero que por poco tiempo, presidente, respecto a la crisis abierta en su partido, que Esperanza Aguirre ha puesto patas arriba dinamitando literalmente su autoridad y la de sus más inmediatos colaboradores, al tiempo que Ignacio González, su aliado contra ella, se ve en el ojo del huracán, acosado por las consecuencias del turbio asunto de su ático regalado como contraprestación a su colaboración en negocios no menos turbios. Un asunto que desvela, de paso, la existencia de mafias policiales que sirven a intereses enfrentados entre sí, sin que, pese a que ya son públicos sus métodos y sus rivalidades, el ministro del Interior, del que dependen, haya dicho esta boca es mía.
A Rajoy, con el cadáver de Cospedal, aún caliente en Génova, con el fantasma de Ignacio González rondando por los rincones de la Casa del Correo de Sol, con sus "niñas de El Resplandor" enfrentadas descaradamente, pese a compartir cartel en unas elecciones, las de mayo, en las que el PP se juega, más que mucho, todo, con un candidato en Andalucía, Moreno Bonilla, que tienen que darse ánimos el sólo ante su intrascendencia y que caduca en dos semanas, con todo eso bajo su asiento, sólo se le ocurre decir que está en el futuro, que todo lo demás, para él, es el pasado y, al parecer un pasado ya superado, un pasado que, quizá, en su cerebro adormecido, ese que en contadas ocasiones se sacude y, cuando lo hace, como en el pasado debate en el Congreso, resulta patético, porque todo eso tan feo y desagradable de lo que hablamos el resto de los mortales existe sólo en otra dimensión.
Dice Rajoy que está en el futuro y no cae en la cuenta de que, a él y a los suyos, les queda ya poco futuro. Entre otras cosas, porque las grandes empresas y los grandes medios, los que, sin medir bien las consecuencias, despertaron al monstruo dormido de la izquierda, con el único fin de minar al PSOE, ya tienen recambio para sus siglas que, cono en la izquierda responde no a otras siglas, sino a una palabra tan neutra como contundente, Ciudadanos, esa formación que Carlos Floriano el torpe se empeña en traducir al catalán, para denostarla, porque para la extrema derecha española, que reside en el PP y entre sus votantes, nada hay peor que lo catalán.
Ciudadanos, como asegura y con toda la razón el diputado de ICV, Joan Herrera, es el candidato del IBEX 35. Para las grandes empresas españolas ese es el futuro y no Rajoy que, pese a que se lo repita una y otra vez como una salmodia, ya es el pasado.


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