Rajoy, como Kim Jong-un, por Javier Astasio

 
 
Cuentan que los ciudadanos de Corea del Norte, yo no lo sé, sumidos en el hambre, el miedo y el adoctrinamiento, no han oído nunca la voz de su líder "supremo", Kim Jong-un, algo parecido a lo que les ocurría a los japoneses con la del emperador Hiroito que les llevó a la II Guarra Mundial y al que sólo escucharon, obligado por los vencedores, para comunicarles la derrota y la consiguiente rendición. Son dos ejemplos claros de silencio, de falta de diálogo, de ruptura de la comunicación que es exigible a cualquier gobernante que se precie de administrar el poder en democracia. Pero, más aun, lo que denota ese silencio es que poco o nada les importa lo que pueda decirles su pueblo.
Los japoneses, antes de la derrota,  no habían oído nuca a sus emperador, los norcoreanos no conocen la voz de Kim Jong-un y nosotros, ciudadanos de un país europeo y democrático, estamos a punto de olvidar la de nuestro presidente, encerrado a cal y canto entre los pixeles de una pantalla. Y es muy triste que así sea, porque el silencio y la distancia que Rajoy pone entre sí y los periodistas, que al fin y al cabo representan a la opinión pública no sometida a la mayoría absoluta del parlamento, no puede significar otra cosa que miedo, pánico, a lo que podría escuchar de ellos.
Eso por un lado, que ya es bastante. Porque a don Mariano se le acumulan los problemas y se le amontonan las explicaciones debidas y por dar de su extraña relación con el innombrable Bárcenas y lo que a todas luces permite suponer de financiación ilegal de su partido. Tampoco sabremos qué tiene que decir de la marcha de la economía española, que, pese a las euforias histéricas y nada creíbles de algún ministro, no termina de ponerse en marcha ni tiene visos de hacerlo a corto plazo. Mucho menos, sabemos sus previsiones a propósito de la crises chipriota, ni su posición frente a los escraches o a las oscuras cuentas de la Casa  Real. Tampoco podremos saber qué tiene que decirnos del fracasado, o no, intento de acercamiento a CiU, ni de la sorda ruptura de puentes con ETA que aún falta por calibrar o, por qué no, qué le parecen las fotos en malas compañías del intrépido Núñez Feijóo, seriamente tocado para seguir ejerciendo de Pepito Grillo del PP. En fin, toda una panoplia de preguntas que de un modo u otro preocupan a los ciudadanos y que una y otra vez quedan sin respuesta.
Pero, con ser malo ese silencio de Rajoy, peor que malo es que los periodistas y, fundamentalmente, los medios para los que trabajan se lo consientan ¿Para cuándo un plante como el que le iban a hacer los corresponsales en Nueva York a la ministra Mato por no admitir sus preguntas? Aquel plante no llegó a consumarse, porque alguien debió explicarle a la ministra que no merecía la pena ir hasta la sede de la ONU, para no salir en los telediarios o que el mismo plante se convirtiese en la noticia de su visita. Pero, claro, un corresponsal, y más en Nueva York, tiene una cierta autonomía y no menos prestigio y su sustitución no se improvisa.
Otra cosa es esta jodida -sí, he escrito jodida- costumbre de acudir a comparecencias sordas, me niego a llamarlas ruedas de prensa sin preguntas, de las que la mayoría de los redactores salen con unos apuntes tomados deprisa y corriendo  de una declaración cerrada, a veces, incluso, se la llevan impresa en papel o grabada, mientras unos pocos tienen la suerte o el privilegio de arrancar algún "of the record" del compareciente o sus allegados. Malas costumbres que se están cargando, son sólo el periodismo libre, sino, con él, la democracia en sí misma.
No sé si a quienes dirigen los medios les basta con las comidas y las cenas a escondidas o con las llamadas desde y a su despacho, probablemente sí. Es de suponer que sale mucho más barata una cena o una comida de la que salen dos o tres chismes con los que ir tirando, pero que no dejan de ser filtraciones interesadas a mayor gloria y beneficio del que los filtra, que mantener una plantilla de redactores expertos, con sus propias fuentes y ese olfato que dan los años de profesión, pero que no se puede mantener con salarios de apenas mil euros o, a veces, mucho menos. Probablemente lo hagan por ello, por mantener la cuenta de resultados. Pero permitiendo a Rajoy que nade tranquilamente en su pecera de plasma, alejado de la realidad y de los ciudadanos, están acabando con la credibilidad de la prensa y la misma democracia.
Nadie puede desear para su país un presidente mudo como Kim Jong-un. Nadie que quiera defender la libertad y la democracia de sus conciudadanos. Otra cosa son quienes comparten con él objetivos e ideología.
 
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