Radiales y desahucios, por Javier Astasio


Llevo días dándole vueltas al anuncio o, si no anuncio, al reconocimiento del evidente conformismo de este gobierno ante la posibilidad de que el Estado tenga que "rescatar", haciéndose cargo de su ruina, las autopistas radiales que tanto entusiasmo generaron en Aznar y sus amigos y que yo, como la mayor parte de ciudadanos que nunca las usamos, tendremos que pagar. Llevo días dándole vueltas al asunto y, como cantaba mi llorado Leonard Cohen, me entran ganas de echarme a la calle y liarme a romper cristales ante tamaña injusticia.
Nadie había pedido aquellas autopistas de peaje, nadie las quería. Nadie, salvo José María Aznar, ese "hombre pequeñito" que diría Alfonsina Storni, empeñado en pasar a la Historia, en dejar su huella en como fuese, capaz de subirse a una guerra, como en su día dijo Iñaki Gabilondo, para parecer más alto. Nadie salvo quien pretendía ponerse al nivel de su antecesor, Felipe González, que se llevó la gloria de aquel plan de cercanías diseñado bajo el mandato de Mercé Sala en RENFE, del que aún, con sus luces y sus sombras, estamos disfrutando.
Nadie, salvo Aznar y los suyos. Nadie, salvo Aznar, los suyos y sus amiguetes, tenía interés en unas carreteras, casi paralelas a las ya existentes que, allá donde conectan con las autovías preexistentes convierten el territorio en una maraña de cemento y asfalto casi imposible de superar. Nadie, salvo quien tuviese interés, las constructoras de siempre, en sembrar el paisaje de rampas, puentes, asfalto y cemento, Nadie, salvo quien quisiese hacer el gran negocio financiando todo lo anterior, la banca de siempre. Nadie, salvo los propietarios de los terrenos que hubo que expropiar, las familias de siempre, entre las que figuraban en lugar destacado los Franco y los Serrano Suñer. Desde luego, yo no.
Viendo la foto publicada ayer por eldiario.es con que ilustro esta entrada no puedo dejar de pensar en una fiesta de cumpleaños en la que el protagonista, José María Aznar, recibe, tras soplar las velas el aplauso y los regalos de sus amigos, un regalo que, veinte años después, vamos a pagar todos los españoles, hayamos sido o no invitados a la fiesta.
Es una historia, ésta de las radiales, en la que los protagonistas: banqueros, políticos inauguradores, constructores, especuladores del suelo y paganos se repiten milimétricamente en otras historias, más terribles, si cabe, como lo son las de aquellos que se quedan sin hogar por no haber podido hacer frente al alquiler o la hipoteca a que, con el beneplácito de los propietarios, las historias de tantos desahuciados, jóvenes o ancianos, con o sin niños, ante los que el Estado, con el PP o el PSOE en el gobierno, fue implacable.
En esta historia de las radiales, no sé muy bien por qué, los papeles están cambiados, porque, si las concesionarias no calcularon bien el negocio y creyeron a pies juntillas las previsiones del gobierno, tampoco los desahuciados podían imaginar la que se les venía encima y, ni en sus peores sueños, se veían sin trabajo y sin ayuda. Pero también el Estado ha cambiado su papel en las tramas, porque, de la severidad casi cruel con que emplea a sus jueces y policías contra los morosos que lo son bien a su pesar, ha pasado al paternalismo comprensivo para quienes, simplemente, no han hecho el negocio que esperaban. 
Pero en este cuento, el de las radiales, nadie paga sus culpas, nadie devuelve el dinero ya embolsado gracias a cálculos que debemos creer bien intencionados, aunque, al menos a mí, me asalten las dudas, nadie asume responsabilidades políticas, porque en el mundo de la política, al contrario que en el real, hay barra libre para amigos y amiguetes, una barra libre que acabaremos pagando todos.

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