Que lo paguen, por Javier Astasio


Cualquiera que haya estudiado comunicación o psicología, especialmente, pero también cualquiera que tenga dos dedos de frente y algo de capacidad de observación, a estas horas, debe estar pensando que lo que le cuentan no es la verdad.

 
Observemos, por ejemplo, la foto que ilustra esta nota. Rajoy está en ella levantando el pulgar como signo de triunfo mientras trata de esbozar una sonrisa y apenas consigue dibujar una mueca de tristeza o de amargura. La foto de Juan Carlos Cárdenas es todo un ejemplo de que resulta imposible fingirlo todo,  todo el tiempo.

 
Mi impresión es la de que Rajoy no sabe de qué va la feria. Que no se entera, vamos. Que deja que sus ministros hagan y deshagan, me temo que, a veces, sin tan siquiera consultarle, para luego contarle una milonga que es la que acaba transmitiéndonos. Pero esto, pese a su gravedad, no debería pillarnos por sorpresa, porque Mariano Rajoy es quien es, es ese señor incapaz de sostener un debate técnico sobre nada y lo demostró en la pasada campaña de las generales. Es, además, un personaje gris y turbio, envuelto en discursos previamente elaborados de los que no es capaz de salirse una línea, porque, cuando lo hace, comienzan los balbuceos, las dudas y los silencios.

 
La cosa es así y ya no tiene remedio. Es el presidente que hemos elegido para los próximos años y vamos a tener que armarnos de paciencia para soportar lo que se nos viene encima... o no. Al menos me gustaría creer que no. Me gustaría que, como predice hoy el nobel Paul Krugman, ocurriese algo. No el segundo rescate, que también predice, sino algo que sacuda a esta sociedad paralizada por el pánico.
 
Lo que sí sé es que un país, cualquier país, tiene aguante mientras lo tiene, pero llega un momento en que tira del mantel y arruina el banquete que unos pocos se están dando a su costa. No puede ser que tantos jóvenes, con tan poco futuro puedan aguantar tanto. Esa es mi esperanza, aunque se trate de una esperanza difusa. Aunque se trate más de una necesidad que habrá de convertirse en una solución aún difusa.
 
Estamos pagando los platos rotos del banquete pantagruélico que se han dado unos pocos, los de siempre, los poderosos, bien servidos por los políticos que, por acción u omisión, lo han consentido.

 
Todos esos señores de la especulación y el negocio que es sólo fachada y no tiene cimientos, están empachados, atiborrados por el banquete. La solución, la receta extendida por los facultativos de Bruselas y el FMI es que todos nosotros, los que no tenemos culpa de nada, nos tomemos el duro purgante del rescate y los recortes. Pero todo tiene un límite Y más de uno aprieta ya los dientes para no tragar la purga a cucharadas.

 
Demediado dolor, demasiada miseria que ya es imposible ocultar. Pero, aún así, insisten en irse de rositas. Menos mal que ya funcionan iniciativas al margen de ese parlamento fosilizado incapaz de exigir responsabilidades vete a saber por qué. Si todo sucede como se espera, la rabia de los ciudadanos, canalizada a través de acciones judiciales, acabará sentando en el banquillo a tanto chorizo y tanto irresponsable como ha habido y hay en este país. Nada deseo más ahora que acaben condenados y pagando todo el daño que han hecho. Eso y que, por una vez, los ciudadanos sean un poco más responsables a la hora de votar.


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