Que entren los payasos, por Javier Astasio

 
Siempre me gustó la canción de Stephen Sondheim, con su amarga ironía. Dónde están los payasos -dice- Que entren los payasos. La canción habla de la farsa de una pareja como tantas otras y la pareja que forman los ciudadanos y sus representantes demasiado a menudo es sólo una farsa.
Ayer mismo, aquí en España, tuvimos más de una ocasión de comprobarlo. El caso más llamativo, el de el lindo Toni Cantó, votado por quienes estaban hartos de PP y PSOE para que les representase en el Congreso, designado portavoz de su partido, UPyD, en la comisión de igualad, que se encargó de demostrar, no sólo que un político con twitter tiene más peligro que un mono con un saco de bombas, sino que, además, tiene una cierta predisposición misógina que debería haberle impedido ocupar tan alto y vistoso cargo en la comisión que se ocupa de tan delicados asuntos. Es lo que tiene la absurda mercadotecnia en que ha degenerado nuestra política. Al final, se colocan frívolamente en las listas caras bonitas que, sin embargo, carecen de currículo o pedigrí suficientes para las responsabilidades que se les pueden venir encima si, finalmente, son elegidos.
El caso de don Antonio Cantó, destilando misoginia y demagogia, al cincuenta por ciento, no es la única evidencia que tuvimos ayer de la farsa en que vivimos. María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular y presidenta del gobierno de Casilla La Mancha, se colocó por primera vez en mucho tiempo ante periodistas con voz que, como intermediarios entre la realidad y su audiencia, quisieron saber cuál fue hasta hace semanas la situación del despasaportado Luis Bárcenas dentro del PP. Una vez más, la falta de recursos, los nervios y, sobre todo, lo insostenible de la farsa, hicieron que el elefante del acto fallido asomase su trompa entre los labios de la señora Cospedal haciéndole la palabra fatídica que lo explicaba todo, pero nunca debió decirse: simulación -se supone que de salario- para abonar una indemnización. Algo que está, no sólo prohibido, sino considerado falta muy grave y que a la avispada de la ministra Báñez le va a traer más de un quebradero de cabeza, porque, después de lo que dijo su jefa en el partido, debería abrir un expediente, de momento y al menos, informativo al Partido Popular, empresa sita en la Calle Génova, número 13.
Son sólo dos ejemplos de la torpeza y pobreza de ideas de quienes, desde el estado mayor o la infantería de los partidos políticos, con largas carreras o recién llegados, nos representan. No es de extrañar, por tanto, que en países como Italia, donde, desde que acabó la última guerra, la política ha sufrido interferencias primero de los aliados, empeñados en desmantelar la fuerza de los herederos de los partisanos, luego de la Mafia, a veces de unos y otros, y ahora de la UE, los ciudadanos hayan optado por hacerle una sonora pedorreta al sistema, derribando para siempre la menos democrática de las opciones, Monti, dando un apoyo inesperado al partido de las cinco estrellas de Beppe Grillo, premiando al vencedor de las primarias de la izquierda, pero no lo suficiente y, lo que es peor, franqueando el paso de nuevo a las marrullerías de Berlusconi, para el que ya he agotado todos los calificativos.
Nos movemos entre la farsa y la tragedia, porque, más allá del castigo y el síntoma que suponen, los resultados de ayer abren un terrible periodo de incertidumbre. Allí, porque los ciudadanos lo han querido, han entrado los payasos. Aquí, sin el permiso de los votantes y visto lo visto ayer, llevaban tiempo dentro.
 
 
 
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