Protocolos, por Javier Astasio



Nada hay peor que un servidor público parapetado tras un reglamento p un protocolo. Viene sucediendo hace tiempo y en todos los ámbitos. Los funcionarios, que, por serlo, son reconocidos por el resto de los ciudadanos, si no como autoridades, sí como los instrumentos a través de los que el Estado les presta la ayuda que necesitan, se refugian en instrucciones y procedimientos, renunciando a la propia iniciativa que les humaniza y, casi siempre, ataja los obstaculos que les separan del ciudadano.
Ayer, a las cuatro de la tarde y en plena levantera gaditana fui testigo de un ejemplo de esto de lo que os hablo. Repito el dato: cuatro de la tarde, con el sol en todo lo alto, en una bahía que a esas horas rondaría los treinta y tantos grados y más a pleno sol.
Pues bien, en medio de esa solanera nos topamos con un hombre tendido, si no totalmente inconsciente, sí al menos aturdido, con el pecho descubierto y una herida, un corte, para ser más exactos, en el abdomen, al que habían acudido ya las moscas. Frente a él, junto a su coche patrulla y a la sombra, tres policías nacionales permanecían en pie a una cierta distancia sin atenderle.
A mí y a la amiga que me acompañaba, la escena nos llamó la atención, como llamó la de todo el que pasaba por allí, y nos preocupó, porque no entendíamos como esos tres servidores públicos podían permanecer impasibles, mientras ese hombre seguía, en su estado, tendido a un sol implacable. Tanto nos llamó la atención y tanto nos preocupó que acabamos pidiéndoles explicaciones a los policías por no hacer nada para retirarle de allí o al menos protegerle del sol. La respuesta de uno de ellos fue que la ambulancia estaba en camino y que tenían instrucciones de no tocarle, algo cuando menos absurdo si, por su aspecto, no parecía tener ninguna lesión en el cuello o la columna.
Les sugerimos que, al menos, le protegiesen con algo que le diese sombra y un turista español ue pasaba por allí propuso acercar una de las sombrillas de una terraza cercana que en ese momento estaba prácticamente vacía. Nada, como quien oye llover, se abrazaron al "nos han dado órdenes de no tocarle".
Finalmente, fuimos varios ciudadanos de a pie y sin uniforme los que, tras pedir permiso al propietario, acercamos la sombrilla al herido protegiéndole del sol. Para entonces no éramos dos ni tres, sino una decena de ciudadanos quienes pedíamos explicaciones a los policías que apenas balbuceaban lo de las instrucciones.
Yo les dije qu era muy cómodo eso de ceñirse al reglamento, pensando que así nunca se equivocarían, lo que en modo alguno garantiza, y lo de ayer fue un buen ejemplo, que, aplicando el reglamento, acierten.
El hecho es que media docena de ciudadanos: mi amiga y yo, un turista, un ama de casa de mediana edad, una joven valiente y decidida y alguien más que ahora no sabría encuadrar, acabamos afeándoles su conducta a tres policías que habían optado por convertirse en robocops trabajando a reglamento, en lugar de ayudar a un ciudadano que parecía necesitarles.
Lo de ayer, indignante, tuvo un feliz corolario y fue el de poder observar como la gente, no sólo se mostró solidaria con alguien que necesitaba su ayuda, sino que parecía haber perdido ese miedo reverencial a los uniformes que tanto daño ha hecho a este país. Me pregunto hasta dónde puede llegar esa rebelión tranquila y con palabras de la que fui testigo. Espero y deseo que llegue muy lejos y lamento que no hubiese comenzado antes.
Lo que este país, este mundo, necesitan no son robocops protocolizados y reglamentados, sino seres humanos capaces de empatizar con quienes no son otra cosa que sus iguales y que les necesitan.
Cuando varias calles más allá escuché la sirena de la ambulancia, Cádiz no es muy grande, media hora después de tropezarnos con la escena, lo reconozco, me sentí feliz y muy orgulloso de mis conciudadanos.

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