Prohibido insultar, por Fernando Blázquez (@ferblazrom)

El Ayuntamiento de Bruselas ha decidido que ya está bien. Que eso de insultar por la calle está feísimo y que es mejor cortar por lo sano y sacarles los cuartos a los malhablados. Aunque tengan razón, oye. De 75 a 250 euros, “dependiendo de la gravedad” de la ofensa. Quién establece esa gravedad es algo que no está tan claro. Y todo a raíz de un documental en el que una (UNA) mujer (¡UNA!) grababa los insultos (UNA mujer, UNA) que algunos descerebrados le dedicaban por la calle. Durante meses le dedicaron (a UNA mujer, recordemos) “puta” y “zorra”,  mientras grababa un documental exclusivamente para denunciar que la llamaban “puta” y “zorra”. El mundo esta lleno de gilipollas, pero algunas formas de denunciarlo… huelen un poco. Que levanten la mano todas la mujeres que hayan visitado Bruselas y los paisanos se hayan dedicado a llamarlas putas y zorras. Pues eso.

Una cosa es combatir el sexismo y otra muy distinta la prohibición constante como remedio para todo. Podemos combatir el sexismo desde los colegios, desde campañas promovidas por administraciones, desde nuestras propias casas y desde los medios (gran responsabilidad la nuestra). La prohibición únicamente revela el fracaso de cualquier otra medida no impositiva; en definitiva, el fracaso de la educación, la política (y el cruce entre ambas) y la sociedad misma.

Aunque bueno, ya que estamos, lo mismo podíamos universalizar leyes estúpidas. Podíamos prohibir mascar chicle en público, como en Singapur. O vetar decir ‘Facebook’ y ‘Twitter’ en la tele, como en Francia (¡!). O quizás sería mejor copiar a los políticos de Tulsa, Oklahoma, donde va contra la ley abrir una botella de soda sin la supervisión de un ingeniero con título. Aunque, puestos a ello, me quedo con Carmel (Nueva York): prohibido llevar pantalones y chaquetas que no hagan juego. Ea.

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