Privatiza que algo queda, por Javier Astasio

 
 
No sé cuándo le extirparon a la presidenta madrileña la glándula que segrega los escrúpulos, pero debió ser hace mucho tiempo. Aunque, quizá, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, como casi toso los aristócratas tuvo el privilegio de nacer sin ella, una ventaja genética que les permite hacer y decir lo que les viene en gana sin remordimientos ni sensiblerías.
Lo ha demostrado siempre que ha tenido ocasión y aún sin tenerla y no ha perdido ni un segundo, tras regresar de sus largas vacaciones, en volver a hacerlo. Ayer, sin perder un sólo minuto, tras acompañar al rey, se soltó el pelo ante la prensa y, con la chulería que le caracteriza, enmendó la plana al ministro del Interior, al Tribunal Supremo y, naturalmente, a todo aquel que no comparte su credo neoliberal y tipartista.
Pero, además, habló de la que parece ser su misión en este mundo: privatizarlo todo, vender rápido y barato lo que es de todos, porque se pagó con el dinero de todos y se creó para servir a todos. Lo está haciendo ya y cómo en la Sanidad, con la creación de nuevos hospitales de gestión privada, con la externalización de muchos servicios y, sobre todo, facilitando "oportunidades de negocios" a todos sus amiguetes. Lo está haciendo en Sanidad y pretende hacerlo en otros sectores como el del Transporte o el de la Televisión Pública.
Ayer mismo y casi simultáneamente se supo que la Comunidad de Madrid, en plena vorágine de recortes, va a gastarse un millón de euros en pagar sendos informes que exploren la viabilidad de dar entrada al capital privado en el Metro y Telemadrid. Desgraciadamente sé lo que supone la aparición de esas consultoras. No hacen sino convertirse en brazo ejecutor, aligerado de sentimientos y de responsabilidades, del desmembramiento de las empresa, los eres y los despidos que, ya digo que por desgracia, todos conocemos.
El caso de Telemadrid es evidente. La televisión pública nació como proyecto ilusionante y con una importante audiencia que se mantuvieron, incluso, con Gallardón en la presidencia de la comunidad, pero llegó Aguirre con sus maneras y los informativos perdieron cualquier objetividad, mientras la programación, salvo honrosas excepciones, fue haciéndose cada vez más chabacana y aburrida. Dicho de otro modo, la información no era, no es, otra cosa que la voz de Esperanza Aguirre y el resto de la programación, en gran parte externalizado y de escaso éxito. Lo cierto es que si la presidenta ha mantenido la televisión pública -su proyecto era mantener únicamente el control sobre los informativos y privatizar el resto de la programación- ha sido porque no tenía como tiene ahora todas las televisiones "talibanas" -perdón, presiente, pero me lo pide el cuerpo- para extender su verdad unívoca por las ondas. Ahora las tiene y por eso se apresta a vender lo que ya no necesita, aunque no sea suyo, sino nuestro.
Lo del metro es parecido, porque el metro, en el que, por cierto, Telemadrid, con las maravillas de Aguirre, se ve y se escucha continuamente a todo volumen. El metro de Madrid, el mejor del mundo, el único que se anuncia en sus propias instalaciones, ha sido a lo largo de años y años el mejor banderín de enganche para los votantes del PP madrileño. Pero el metro de Madrid se ha convertido en un monstruo ingobernable y caro, cada vez más caro y cada vez peor mantenido.
O sea, el metro ya no es esa pancarta electoral que Aguirre quiere y, poco a poco, repliega velas en él, cerrando accesos a las estaciones, subiendo las tarifas y abaratando hasta el imposible los costes de las subcontratas que, por ejemplo, lo mantienen limpio. Y digo esto, porque estos días se están llevando a cabo paros en la limpieza, porque la adjudicataria Eulen, que consiguió el contrato con un precio muy por debajo del de su antecesora, dice ahora que es insostenible y unilateralmente ha decidido, rebajar a la mitad el sueldo de los trabajadores "heredados" de ella.
La dirección de Metro, como hará siempre que se repitan casos similares, dice que ese no es un problema suyo, sino de Eulen y sus trabajadores. Y no es cierto, porque adjudicar el contrato por debajo de los precios de mercado sí lo es.
En fin, que eso es lo que va a pasar a partir de ahora con esta y otras empresas públicas madrileñas y en las refriegas los únicos perjudicados vamos a ser los usuarios y los trabajadores, porque seguro que ellos, los que deciden, las privatizaciones encontrarán consuelo en alguna que otra prebenda o algún que otro favor de los adjudicatarios.
 
 
 
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