Primavera en enero, por Javier Astasio

 
 

Qué poco les gusta a algunos dar malas noticias. Especialmente, si son la consecuencia de algo claramente evitable. El ser humano se acostumbra con facilidad al goteo de despidos, al de los recortes, al de los abusos del Gobierno contra los más débiles, al de las injusticias sangrantes... el ser humano, nosotros, se ha acostumbrado ya a la crisis. A lo sumo, alguno se pregunta de vez en cuando cómo es posible que una sociedad como la nuestra que viene recibiendo mazazos, uno tras otro, desde hace demasiado tiempo, aguante lo que aguanta.

Y la verdad es que lo aguanta. En parte, porque funciona ese sentimiento que es la necesidad de ser solidario, muy distinto de la católica caridad, porque aquí no hay un cielo que comprar a plazos, en parte, porque la familia sigue siendo el colchón al que van a caer los que lo van perdiendo todo y en parte, porque la capacidad de resistencia y los sacrificios y abusos que puede llagar a asumir para salir adelante cuando todo falla son enormes.

Y mientras ocurre todo esto, mientras hay familias que esperan la llegada de los alimentos caducados a la puertas de los supermercados, mientras hay gente "de traje y corbata" que da gracias por poder barrer las calles o descargar camiones, mientras hay niños que se van a la cama sin cenar, con apenas un vaso de leche y unas galletas, si es que los tienen, nos cuentan que Amancio Ortega, el de Zara, el que monto su imperio a partir de unas batas "plagiadas" a menor precio, ha batido, como casi todos los grandes explotadores, de este país y de otros, sus increíbles récords de ganancias.

Pero se lo perdonamos, porque no hace tanto nos enteramos de que había hecho una donación de unos cuantos miles de euros a la ONG católica Caritas que los recibió encantada, porque con esos miles de euros iba a poder atender mejor a todos aquellos sin techo o sin nada que llevarse a la boca porque Ortega y otros como Ortega esquivan los impuestos, porque prefieren la caridad a la justicia.

Pues bien, mientras los beneficios del creador de Inditex siguen figurando como ejemplo y objeto de admiración en las páginas de los diarios, la desesperación de un ciudadano malagueño que ayer no pudo más y se prendió fuego a las puertas del Hospital Carlos Haya de Málaga, porque ya no podía más y no encontraba la salida al túnel oscuro en que se había convertido su vida, apenas merece unas líneas en la prensa que se ocupa de su drama y ni un sólo titular en los informativos de la radio.

Para qué, se preguntarán los directores de periódicos y programas, vamos a amargar la vida de quienes corren enloquecidos por las calles de nuestras ciudades cargados de regalos -yo mismo- con la historia de un hombre que tomó tan terrible decisión porque -es la explicación que buscan algunos como consuelo- sin duda habría algo más que las dificultades económicas para rociarse con gasolina, acercar un mechero y acabar con el 80% del cuerpo quemado y un pronóstico vital incierto.

Qué floja es la memoria. Esa misma gente que toma las decisiones y que firma o no evita despidos desde sus cómodos despachos y sus suculentos sueldos son los que hace dos años ensalzaban el gesto de ese joven informático tunecino que también se quemó a lo bonzo, porque ni siquiera le dejaban vender fruta por las calles, y que desató la caída del régimen tunecino, el libio, el egipcio y, antes o después, el de Siria, en lo que hoy llamamos la primavera árabe.

Pero no, no es agradable dar esas noticias, porque difícilmente pueden sentirse responsables de la muerte de aquel joven que con su cuerpo encendió una revolución, pero es muy difícil escapar desde su acriticismo, su dejarse llevar o su complicidad de años a lo que le ocurra a este malagueño que se debate en la vida y la muerte en el hospital junto al que hizo una antorcha de su cuerpo.

 
 

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