¿Por qué nos engañan?, por Javier Astasio

 
 
Cuando todavía resuenan en mis oídos las palabras de los ministros De Guindos, Montoro o Báñez -Rajoy no habla si no es para decir perogrulladas y frases vacías- que hasta ayer, como quien dice, nos hablaban de que la salida de la crisis ya estaba aquí, aunque, eso sí, han cambiado tantas veces de trimestre y de semestre que, a estas alturas, es difícil saber qué diantres querían decir.
Cuando los oigo soltar tanta palabrería tengo la sensación de que son como esas monjas y capellanes que, en algunos hospitales, se pasan las horas diciendo las mismas frases vacías y dando las mismas palmaditas en la espalda a los familiares del enfermo, cuando de lo que están más necesitados es de médicos y certezas.
Desde que llegaron al Gobierno, por no remontarme a aquellos años de oposición, que parecen ya tan lejanos, o a su programa electoral, no han acertado ni una. Y eso da que pensar, porque ¿no tiene la derecha española a nadie más brillante -lo único que que brilla en esta gente son sus calvas, en el caso de ellos, y su frente, en el de ella- para ocuparse,  en una crisis tan terrible como ésta, de ministerios tan cruciales como los que ocupan. Da que pensar y me preocupa, porque tengo la sensación de que son poco más que los palanganeros de quienes realmente mueven los hilos de "nuestra" economía y se están forrando, mientras los españoles somos como pueblo y uno a uno cada vez más pobres en riqueza y en derechos.
Alguien con más decencia que ellos ya se hubiese ido. No tienen vergüenza, porque nos engañan con descaro y pretenden hacer otro tanto con las instituciones europeas. Pero ya se sabe lo del mentiroso y el cojo y a estos se les pilla en la misma línea de salida, por más que maquillen la palabras y vistan de seda la realidad. Nos dicen que vamos a crecer, cuando, en realidad, nuestra economía está en caída libre. Hacen previsiones que son más propias de un ludópata acosado por las deudas que busca desesperadamente sacar al primer incauto unos cuantos euros, convencido de que le va a cambiar la suerte.
Pero no. No es una cuestión de suerte. Su labor tendría que basarse en un conocimiento exhaustivo de la realidad. Pero a ellos la realidad les viene grande e incómoda, prefieren esconder unas décimas por aquí, unos miles de millones de euros por allá, mezclarlos con sus deseos para obtener proyecciones irreales de estadísticas irreales y contarnos una y otra vez lo que saben que no nos va a pasar.
No es de extrañar esta actitud de quienes llevan décadas maquillando cuentas, simulando despidos, mintiendo en sus programas y desbaratando los sueños de la mejor generación que ha dado este país y que, ahora, no tiene derecho a soñar con vivir como lo hicieron sus padres. No sé en qué va a acabar esto, pero -de verdad- ayer eché de menos un presidente de república que luchó contra Mussolini y los nazis, capaz de abroncar a los políticos -todos- incapaces de dar salida a la crisis política, hija de la económica, que vive Italia. Pero lo que tenemos aquí es un rey campechano y enfermo, al que los problemas le crecen y no es capaz de dejar de ser el tapón que atasca las soluciones.
Mientras tanto, sin que sepamos por qué, nos mienten.
 
 
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