PONGAMOS QUE HABLO DEL PP, por Javier Astasio

Si votas al PP y no tienes un seguro médico privado, procura, en estos días, no ponerte enfermo como para ser atendido en el servicio de urgencias de un gran hospital, porque, si acabas en él vas a probar, nunca mejor dicho, de tu propia medicina.
Allí, en pasillos o en salas abarrotadas con camas, entre las que es imposible moverse, entre quejidos de dolor, broncas y discusiones, vas a tener tiempo d echar cuentas y ver adonde han ido a parar esos pocos euros que ni siquiera dan para una comida de capricho, que te ha rebajado tu partido en los impuestos a cambio de tu voto. Vas a tener tiempo de pensar, entre profesionales al borde del ataque de ansiedad que, sin embargo, anteponen tu salud a la suya, mientras esperas que te lleguen el diagnóstico y el alta o la cama, vas a tener tiempo de pensar si no era mejor renunciar al capricho y pagar en impuestos una parte proporcional y justa, no una miseria, para que tú y otros como tú, más ricos o más pobres, tengan acceso a esa salud y esos cuidados, a esa dignidad en el dolor que la Constitución que tanto invocan y tanto te piden que defiendan, te reconoce.
Los que, como yo, tengáis unos cuantos años y memoria para ello quizá recordéis aquellos años de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, años en los que, envuelta en la bandera que hizo volver a ondear en las Malvinas, recortó por aquí y por allá, arruinó a los mineros y a sus familias y acabó con aquel Estado de Bienestar, orgullo nacional, que tanto asombraba a quienes iban a Londres para estudiar, para trabajar o para hacer turismo
Eran los tiempos en los que los telediarios se llenaban de imágenes de las protestas de los mineros, de aquellas cargas implacables y aquella cerrazón en no atender sus reivindicaciones, hasta doblegarles y dejarles sin el que había sido su medio de vida y el de sus familias. Fueron los años en los que las cuentas públicas se saneaban vendiendo lo que era de todos, años en los que una gran mayoría de los servicios que son imprescindibles para cualquier actividad pública, el mantenimiento, por ejemplo, se externalizaban, para dejarlos en manos de empresas que, con personal y presupuestos imposibles, se vacían con contratos trampeados.
Fueron los años en los que a los británicos se les vendieron esas viviendas ridículas, aunque dignas si eran mantenidas y reparadas por su ayuntamiento, convirtiéndoles en propietarios de esos agujeros por las que ya no pagan un alquiler pero que les cuestan mucho más en mantenimiento si no quieren verlos convertidos en los agujeros inmundos en que, por desgracias, se han convertido la mayoría.
La Thatcher les vendió sus casas y las dejo a su suerte, al tiempo que les compró el voto con lo que fueron ellos mismos los que quedaron a su suerte. Luego vinieron las averías y los accidentes en los ferrocarriles, algunos con víctimas mortales, a causa de un material cada vez más deteriorado. Luego vinieron los hospitales más dotados, con su personal mal pagado y agotado, hospitales en los que cada vez faltaban más cosas y en los que se daban cada vez menos servicios, hospitales atendidos por personal de otros países, porque los británicos ya no querían estudiar para médicos o enfermeras.
En unos pocos años, los del liberalismo salvaje de la Thatcher y sus discípulos, los ferrocarriles, las escuelas y los hospitales británicos se convirtieron en irreconocibles.
Aquí, está pasando. Las cercanías, primero en Cataluña y ahora en Madrid, fallan un día sí y otro no, coincidiendo con la obsolescencia de su material, los hospitales se colapsan por falta, no de camas, que también, sino del personal que las atienda, las escuelas públicas, abarrotadas de niños, con sus profesores agotados, están dejando de ser el sendero por el que los humildes podrían llegar a ocupar los puestos de decisión en esta sociedad cada vez más injusta y egoísta.
La Thatcher se envolvió en la bandera y se apoyó en el patriotismo ciego de sus compatriotas para crear "oportunidades de negocio" para sus amigos. Rajoy está sacando partido a una tragedia como la catalana que, en gran parte es consecuencia de su pérfida apatía, Los hospitales españoles son ahora incapaces de soportar los "picos" de una gripe y su personal está al borde del agotamiento, supliendo con voluntad y profesionalidad la falta que de ellas tiene los gestores de los mismos. Hablábamos del Reino Unido y de la Thatcher. Ahora, pongamos que hablamos de España, del PP y de Rajoy.

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