Políticos y expertos, por @CarlosPenedoC

Columna de opinión publicada originalmente en Estrella Digital.
Vicente Martínez- Pujalte, en el Congreso el pasado mes
de agosto. Foto: Julián Rojas, en El País, 19-1-2016.
En política se duda, se interpreta, se utiliza la palabra y el debate para convencer, mundo al que se contrapone la objetividad supuestamente indiscutible del experto que no duda, no interpreta ni debate y con palabras las justas se presenta capaz de resolver el problema con rapidez y rotundidad.
Los expertos viven y opinan al margen del calendario y del reloj, no les afecta la oportunidad política, el control o intuición de los tiempos, que sí tuvieron buena parte de los protagonistas de la sacrosanta Transición, independientemente de las decisiones que tomaron, supieron leer el momento y, por ejemplo, firmaron unos Pactos de la Moncloa de contenido fundamentalmente económico que escaso efecto tuvieron sobre la inflación y algo sobre la convivencia.
Los especialistas que se meten a opinar de política pierden de inmediato su categoría de expertos
La recompensa al esfuerzo del opositor, o la seguridad que debe dar un sobresueldo millonario ocupando escaño, tiene como resultado en las siguientes cuatro décadas la certeza de lo que hay que hacer, el monopolio de la interpretación correcta de la realidad, incluso aunque se ocupen puestos de confianza y responsabilidad política.
La verdad revelada y la seguridad de la cuenta corriente frente al argumento, 5 a 1.
Como recogía hace un par de números una revista satírica, el langostino, la Navidad y las elecciones han sido ecosistema favorable al crecimiento y engorde del experto, ya sea profesional o amateur-familiar (no hay pariente al que reconozcamos sabiduría).
Lo bueno es que algo hemos aprendido durante la crisis, que ha tenido entre sus víctimas la infalibilidad del economista y del auditor, hasta hace poco encuadrados en disciplinas de las ciencias exactas y hoy en el apartado de las ciencias sociales, donde interviene el comportamiento humano, algo más imprevisible que el mecanismo de un reloj de cuco.
Gustavo de Arístegui representando al Estado en la India y Federico Trillo en el Reino Unido han sido parlamentarios y ocupan hoy un puesto de confianza política, pero aparentan y se comportan como expertos, especialistas, uno en fontanería empresarial y mundo árabe y el segundo en defensa jurídica del PP y Shakespeare, podría figurar en sus tarjetas.
En la vicepresidenta y en el presidente, ambos pertenecientes a un cuerpo superior del funcionariado, ambos acostumbrados a ser escuchados, se ha comprobado en debates electorales, precampaña y postelecciones su incomodidad al tener que convencer, a persuadir, no lo han practicado durante años, no parecen capaces.
Todo lo anterior se complica con la figura del politólogo, el experto en política, que tiene la rotundidad del matemático y, entendiéndolo todo, parece conocer lo que va a suceder en las próximas semanas, aunque la realidad es que sólo tiene una buena interpretación de lo que ya ha ocurrido, que no es poco.
Los especialistas que dedican su jornada laboral a la seguridad del Estado, sea en el CNI, en las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil, la Policía Nacional o el Ministerio de Industria, que también los tiene, evidentemente tendrán que orientar su trabajo a las directrices de la autoridad política que resulte de la formación del próximo Gobierno. Su claridad de ideas seguirá estando al servicio del vicepresidente/a y del Gobierno, sea quien sea el responsable al cargo, se llame Soraya, Pablo, Íñigo o José Enrique.
Los expertos viven y opinan al margen del calendario y del reloj, no les afecta la oportunidad política, el control o intuición de los tiempos
"El Centro Nacional de Inteligencia es el Organismo público -las mayúsculas son del BOE- responsable de facilitar al Presidente del Gobierno de la Nación las informaciones, análisis, estudios o propuestas que permitan prevenir y evitar cualquier peligro, amenaza o agresión contra la independencia o integridad territorial de España, los intereses nacionales y la estabilidad del Estado de derecho y sus instituciones", dice la ley reguladora del CNI de mayo de 2002.
La misión del CNI que marca la ley es suficientemente amplia para contemplar una gran variedad de actuaciones, que se podrían resumir en elaborar inteligencia para que el Gobierno reduzca algo la incertidumbre a la hora de tomar decisiones sensibles, normalmente relacionadas con la seguridad en una acepción muy generosa.
El destinatario de su trabajo no lo eligen estos expertos, está fijado por ley, porque otro comportamiento -al margen de obligaciones contractuales- rebajaría su categoría del elevado nivel del especialista técnico al del profesional de las ciencias sociales, al de periodista o analista político, que emite opiniones con apenas una certeza del 53%, es sensible a las corrientes de aire y a los cambios bruscos de temperatura.


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