POLÍTICA, MARKETING, MENTIRAS Y PRISAS, por Javier Astasio

No sé si Blas Piñar, probablemente, pero estoy seguro de que ni el mismo Fraga hubiese sido capaz de decir en apenas un minuto todas las grandilocuentes palabras con las que Pablo Casado, atormentó nuestros oídos y encogió nuestros corazones, ayer, en su diatriba contra Pedro Sánchez. Felonía, alta traición, ilegitimidad y unas cuantas más fueron los calificativos con los que el locuaz e incontinente Pablo Casado emponzoñó su discurso, dejando las redacciones sin comillas para enmarcarlas y en la gente de a pie la duda de por qué, de ser cierto lo que dice, no lleva a Sánchez ante la Justicia y la de si queda ya algo más que decir.
Resulta cuando menos curioso que este señor, incapaz de explicar cómo consiguió un máster y una carrera sin apenas moverse y en un tiempo, que más que récord, inverosímil, se atreva a acusar al presidente del gobierno de felón y traidor. Se ve que Casado se gusta cuando habla y cuando arranca es incapaz de parar, entre otras cosas, porque en su partido ya no queda nadie capaz de proyectar sus palabras en el tiempo, que, como todo el mundo sabe, es cruel poniendo las cosas, las palabras y las personas en su sitio.
Aunque nunca nos lo dice ni nos lo dirá, Pablo Casado vive pendiente de las encuestas que, ya desde hace meses, le están dando la espalda, con un partido sorprendido y dividido ante un líder que habla de todo y en todas partes y lo hace por no callar, montado en su discurso como en una bicicleta sin frenos en la que hay que pedalear para no caer, diciéndola cada vez más grandes, jaleado por toda esa  prensa que ha perdido influencia y necesita a la derecha en el gobierno, para seguir influyendo.
Por desgracia, vivimos en un país, no es la primera vez que lo escribo, en el que los periódicos no los hacen los periodistas, al menos no los deciden, y en el que la clase política cada vez tiene menos clase y menos experiencia. Vivimos en un país en el que la prensa habla poco o nada de los que hacen estos políticos y, sin embargo, llenan páginas y horas de antena con lo que dicen, sea o no importante, sea o no cierto.
Las gruesas palabras dedicadas por Casado al presidente a propósito del poco afortunado asunto del relator, por paradójico que parezca, cumplían una función más defensiva que ofensiva. No hay que olvidar que coinciden en el tiempo con la constatación hecha por la Guardia Civil de que gran parte de las campañas electorales del PP en Madrid, incluidas aquellas en que fue elegido Pablo Casado y que numerosos actos, entre otros algunos que ha participado él mismo, se han financiado con dinero procedente de las tramas corruptas.
Los calificativos del presidente popular ocultan también el hecho de que una parte de su partido, la que gobierna en Andalucía le esté dando la espalda. Soledad, trampas y marrullerías que conviene tapar y cómo mejor que con una manifestación de las de antes, a lo grande, envueltos, camuflados diría yo, en la bandera española para que las almas simples, que decía el evangelio, se fijen en la música y no la letra. Una torpe manifestación a la que Casado convoca a sus votantes junto a los de sus rivales, una manifestación, porque en las manifestaciones se habla y no sólo hablan los oradores, en la que los partidarios de VOX y Ciudadanos se mezclaran, bandera con bandera, mensaje con mensaje, con los suyos.
Mal negocio para quien está acostumbrado a basar su discurso en mentiras y exageraciones, un mal negocio para quien tiene prisa por derrotar a Sánchez antes de que se sepa, y se condene, todo lo suyo, muy mal negocio para quien cree que la política es marketing y que las promesas y la decencia se venden con cuatro frases como si fueran un detergente. La manifestación del domingo, no me cabe duda, será un éxito lo que no alcanzo a ver es para quién será un éxito, probablemente ni siquiera para Casado y, desde luego, no para nosotros. 

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