Poder y pedaleo, por Javier Astasio



El poder se parece a esa bicicleta con la que, de niño, aprendí a montar un verano en el pueblo, en casa de los abuelos. No recuerdo cómo llegó aquella bici a nuestras manos, hermanos y primos, lo que sí recuerdo es que era de "piñón fijo". Aquella bici, con una rueda trasera que sólo giraba si se pedaleaba y que hacía girar los pedales enloquecidamente en las cuestas abajo, era todo un peligro porque lo único que garantizaba era que, en cuanto dejases de pedalear, ibas con ella al suelo.
El poder, decía, se parece a esa bici, sobre todo el poder absoluto que PP y PSOE han ejercido, unas veces unos, otras los otros, en casi todo el territorio, desde hace décadas. Unos ciclos, en los que el único sobresalto esperable provenía de la necesidad de contar con los socios apropiados, los partidos bisagra, que garantizasen la investidura, cuando no la gobernabilidad. Así ha sido año tras año en ayuntamientos, gobiernos regionales, diputaciones e incluso en el gobierno de la nación. Así ha sido, hasta que, el pasado mayo, los pedazos en que se repartía la tarta se hicieron más iguales. 
Estos son los días en que el Partido Popular, CiU en Barcelona, ha perdido ayuntamientos de grandes ciudades que, de repente, han tenido que abrir sus libros de cuenta a los nuevos inquilinos, algo que, en efecto, debería haber hecho siempre, incluso con el anterior equipo, que se encargaba de marear la perdiz, aburriendo a sus opositores, atrincherado tras montañas de burocracia. Eso, afortunadamente, se ha acabado y, desde hace unos días, rara es la mañana en que no nos despertamos con algún pufo en  forma de contratos ruinosos, alquileres desorbitados que pagaba el ayuntamiento a los amigos y benefactores del partido entonces en el gobierno, a veces por edificios que no se utilizaban, mientras que locales municipales permanecían vacíos o se cedían a empresas de origen parecido.
Tampoco es moco de pavo la manera en que se han otorgado algunos concursos, demasiados diría yo, para la privatización de  servicios públicos imprescindibles que  han dejado determinados sectores como el de la limpieza urbana o el de parques y jardines sin el personal o el servicio adecuados. Algo denunciado por la oposición y sobre todo por los vecinos que ahora será revisado con lupa para, en su caso, devolver los servicios y el empleo a los niveles de calidad que merecen y de los que nunca debieron salir.
Va a ser un proceso largo, en el que la imposibilidad de pedalear de quienes han perdido el poder les va a acercar al suelo de la verdad y la vergüenza, si es que no acaba sentando a más de uno delante de un juez. Han sido demasiados años de no rendir cuentas o, si se rinden, rendirlas maquilladas ante la opinión pública, en medio de costosas campañas publicitarias con las que se pretende deslumbrar a los ciudadanos, cegándoles para que dejen de ver la suciedad y el deterioro de sus calles.
Eso, desde el poder reconquistado para los ciudadanos. Pero también desde la oposición cabe hacer mucho. Por ejemplo lo que la fragmentación del poder ha permitido en la Comunidad de Madrid, en la que los tres partidos de la oposición han sacado adelante una comisión para investigar la hipotética corrupción que se haya dado en las dos últimas legislaturas con poder absoluto en manos de un PP al frente del que han estado Esperanza Aguirre e Ignacio González y en el que nombres como Gürtel o Púnica han salpicado consejerías y ayuntamientos, en una comunidad en al que al deuda se ha disparado en esos años, en tanto que los servicios se han deteriorado casi en la misma proporción.

El acuerdo de la Asamblea de Madrid no ha gustado al PP que se ha negado a integrarse en tal comisión porque no soporta, dice, que se relacionen deuda pública y privatización con corrupción, palabras que, la experiencia nos lo dice, por desgracia, demasiado a menudo van unidas. El PP, como a mí me ocurría de niño con aquella bicicleta ha dejado de tener los pies en los pedales y, puesto que la bici sigue en marcha, está sintiendo en sus delicadas pantorrillas, uno tras otro, los golpes de esos pedales que ya no controla.


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