Pobreza con rostro de niño, por Fernando Blázquez (@ferblazrom)

La pobreza tiene rostro de niño“. Es la frase que esta mañana resuena en la cabeza de muchos y que ayer pronunciaba Paloma Escudero, directora de Unicef España, en la presentación del informe ’El impacto de la crisis en los niños’. Dos millones doscientos mil niños (escribir 2,2 como hoy hacen los medios es demasiado light), repito: dos millones doscientos mil, es decir, casi tres de cada diez niños en España viven por debajo del umbral de la pobreza. Esto es: “hay más niños pobres y son más pobres“, decía Escudero. Parece que algo que sonaba tan remoto como la pobreza -aunque nunca ha sido tan lejano- va asomando cada vez más el hocico. Y es un lobo que asusta mucho. No sólo por el drama que en sí mismos constituyen la pobreza y, en último término, el hambre, sino por todo lo que ambas impiden.

Recordemos la pirámide de las necesidades humanas, la pirámide de Maslow, que establece que conforme las necesidades básicas se ven satisfechas, el ser humano desarrolla nuevas inquietudes y deseos. Dicho de otro modo: si comemos bien nos preocuparemos, por ejemplo, de nuestra familia, pero poco podemos hacer si nuestras necesidades fisiológicas no están cubiertas. La pirámide es algo así:

Pirámide de Maslow

Pirámide de Maslow

Evidentemente, no podemos pretender que esos casi tres de cada diez niños alcancen la creatividad o el autorreconocimiento sin seguridad física ni una alimentación completa. Por eso la tragedia no sólo se circunscribe a la pobreza en sí misma -que ya lo es-, sino que se extiende a lo que estas nuevas generaciones podrían haber sido y nunca van a ser. Porque el desastre de unos pocos se acaba transformando en una debacle general que puede llegar a retroalimentarse, favoreciendo la polarización social (unos pocos muy ricos frente a muchos muy pobres) que nunca ha favorecido el desarrollo, sino la más absoluta de las miserias humanas.

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